May 21, 2019 / 12:44 PM / 7 months ago

Las ruinas de Marawi muestran el devastador impacto del Estado Islámico

MARAWI, Filipinas, 21 mayo (Reuters) - Solo había pasado una semana desde que Mohammad Ali Acampong terminara de reformar su casa cuando las bombas y las balas alcanzaron la ciudad de Marawi.

FOTO DE ARCHIVO: Mohammad Ali Acampong, de 42 años, posa para un retrato con su familia en Marawi, provincia de Lanao del Sur, Filipinas, 12 de mayo de 2019. REUTERS / Eloisa Lopez

Hace dos años, partidarios del Estado Islámico tomaron el poder en un intento de forjar su propio “Wilayah”, o provincia, forzando a casi 100.000 personas a huir, en lo que se convirtió en el conflicto más duro y prolongado de las fuerzas armadas filipinas desde la Segunda Guerra Mundial.

Acampong, un empleado del gobierno local, dejó su casa de tres pisos junto al lago con su familia de ocho personas. 

“Cuando comenzó el caos, nuestra vida de repente se volvió realmente difícil”, dice Acampong, de 42 años, a Reuters.

“Antes teníamos una vida cómoda. Ahora vivimos entre refugios, con un calor persistente, con falta de agua y de todo”.

Marawi era una de las ciudades más pintorescas de Filipinas.

Alrededor de la mitad de la urbe es ahora hormigón carbonizado y esqueletos de edificios, fruto de 154 días de ataques aéreos y artillería por parte de los militares, y trampas explosivas que los rebeldes colocaron en todas partes para mantenerlos a raya.

(Haga clic en reut.rs/2ElzxrJ para ver un paquete de fotos.)

Los Acampong viven ahora en una pequeña vivienda temporal en las afueras de la ciudad, compitiendo con miles de familias por el agua y otros servicios básicos.

Al menos otras 500 familias viven en tiendas de plástico, como Asnia Sandiman, de 25 años, que produce ropa hecha a medida con una máquina de coser que lleva el sello del gobierno. 

“La tienda está bien hasta que llueve y hace mucho frío, o hasta que el calor es muy fuerte”, dice Sandiman.

“Mi más profunda esperanza es que se nos permita volver a Marawi, pero honestamente, aceptaría cualquier dirección permanente sólo para salir de aquí.”

Cientos de militantes, 165 soldados y al menos 45 civiles murieron en el conflicto de cinco meses de duración. El presidente Rodrigo Duterte declaró en octubre de 2017 la liberación de la ciudad y su rehabilitación está oficialmente en marcha.

Pero hay pocas señales de progreso.

Bangon Marawi, un grupo de trabajo interinstitucional encargado de la reconstrucción, tiene una fecha límite de 2021 para la reconstrucción y sigue confiando en poder cumplirla.

“Sólo podíamos ir tan rápido como fuera legalmente posible. No podemos hacer atajos”, dijo el gerente de la oficina de campo, Félix Castro.

“Lleva un tiempo al principio, pero será rápido una vez que empiece.”

CIUDAD ABANDONADA

A excepción de los perros callejeros y los soldados de guardia, el centro comercial de Marawi ha sido abandonado. No hay señales de la prometida rehabilitación.

Miles de personas están en el limbo tras un conflicto que nadie vio venir.

La mayoría no tiene trabajo y depende de los envíos humanitarios, como Noronisah Laba Gundarangin, madre de tres hijos, que vive con otras cuatro familias en el hogar de su hermana.

Los 73.000 pesos (1.385 dólares) que su familia recibió de agencias gubernamentales no son suficientes para un pequeño negocio. Tienen deudas que pagar y niños que alimentar.

Gundarangin, de 40 años, se pregunta qué pasó con toda la ayuda y el dinero prometidos por la comunidad internacional cuando la guerra estaba en el centro de atención. Las autoridades dicen que no todo lo prometido se ha materializado.

“Sé que se donaron miles de millones (de pesos) a Marawi, pero pasan por tanta burocracia que cuando llegan a nosotros, son centavos”, dijo.

El comandante del grupo de trabajo, Eduardo del Rosario, dijo el lunes que los obstáculos para el progreso eran los escombros, las municiones sin estallar y las estructuras inseguras, pero dijo que todo debería estar despejado para noviembre, y que algunas de las obras de construcción deberían comenzar en septiembre.

Entretanto, el grupo de trabajo ha estado permitiendo que la gente regrese a ver el lugar que una vez fue su hogar. Ahora lo llaman “zona cero”.

Acampong dio su consentimiento para que su casa fuera demolida. Regresó hace poco y encontró un árbol de papaya creciendo en su lugar.

“Es doloroso porque no tuvimos nada que ver con esta guerra. Simplemente nos pilló en medio”, dijo.

“Todo por lo que hemos trabajado, todas las grandes y pequeñas inversiones, han desaparecido.” 

“Todos los días, es así. Esperando y esperando, como si esperáramos la muerte.”

traducido por Tomás Cobos en la redacción de Madrid

0 : 0
  • narrow-browser-and-phone
  • medium-browser-and-portrait-tablet
  • landscape-tablet
  • medium-wide-browser
  • wide-browser-and-larger
  • medium-browser-and-landscape-tablet
  • medium-wide-browser-and-larger
  • above-phone
  • portrait-tablet-and-above
  • above-portrait-tablet
  • landscape-tablet-and-above
  • landscape-tablet-and-medium-wide-browser
  • portrait-tablet-and-below
  • landscape-tablet-and-below