March 21, 2019 / 12:39 PM / 5 months ago

El santuario hecho pedazos: un imam de Christchurch trata de reconstruirlo

CHRISTCHURCH (Reuters) - Ibrahim Abdelhalim estaba la semana pasada en su mezquita del barrio de Linwood en Christchurch, Nueva Zelanda, pronunciando una oración como suele hacer los viernes por la tarde. El abuelo de 67 años había hablado de “saborear la dulzura de la fe” como un musulmán obediente a Dios y dispuesto a servir a la humanidad.

Vista de la cúpula de la mezquita de Al Noor, donde tuvo lugar el tiroteo, en Christchurch, Nueva Zelanda, 19 de marzo de 2019. REUTERS / Edgar Su

Escuchó un pum-pum-pum en la distancia.

Los sonidos se oían cada vez más fuertes. Abdelhalim se dio cuenta de que eran disparos, pero continuó con la plegaria. Pensó que terminar abruptamente las palabras santas a mitad de la oración sería una falta de respeto hacia Dios.

Abdelhalim emigró de Egipto a Christchurch en 1995. Esta pequeña ciudad de una isla lejana, a unos 16.000 kilómetros de la pobreza y la corrupción de El Cairo, le dio a su familia una vida mejor. La ciudad se sitúa cerca de idílicas montañas y praderas, un lugar en el que a menudo se olvidaba de cerrar la puerta de su casa por la noche. No tenía que preocuparse por lo que estuviera pasando fuera. Aun así, había más de 80 personas en la sala frente a él: “Traté de terminar la oración rápidamente”, dice.

Entonces empezaron a entrar balas por la ventana de la mezquita, impactando en los cuerpos. La gente gritaba, saltaban unos encima de otros, se amontonaban. Abdelhalim vio a su hijo pero no pudo llegar al sitio donde estaba tumbado. Más atrás, en la parte para las mujeres, la esposa de Abdelhalim también recibió un disparo en el brazo. Las balas le dieron a una amiga que había junto a ella, matándola. En la tierra que se había convertido en su santuario, Abdelhalim temió de repente que estaba a punto de ser testigo de cómo asesinaban a su familia.

La policía identificó después a Brenton Tarrant, un australiano de 28 años, como presunto agresor en la masacre del viernes pasado, que se cobró 50 vidas y dejó un número mayor de heridos.

Las autoridades dicen que Tarrant publicó en internet un texto en el que apoya la ideología de la supremacía blanca y el odio hacia los inmigrantes. Acusado por el momento de asesinato, Tarrant se encuentra en prisión preventiva y debe comparecer ante un tribunal el mes próximo, cuando según la policía posiblemente sea acusado de más delitos.

La primera ministra del país, Jacinda Ardern, describió una Nueva Zelanda muy diferente en un discurso después de la masacre. “Representamos la diversidad, la bondad, la compasión”, dijo, con la voz presa de la emoción. “Un hogar para quienes comparten nuestros valores. Un refugio para quienes lo necesitan”.

Muchas de las víctimas en Christchurch buscaban precisamente eso: salir de Somalia, Pakistán, Siria o Afganistán para buscar una vida mejor, en muchos casos con poco dinero en los bolsillos. Abdelhalim hablaba de la ciudad como un sueño hecho realidad.

En El Cairo, dice Abdelhalim, había trabajado como juez especializado en casos de herencias y arrendamientos. Vivía en un suburbio adinerado, sus padre era maestro y su madre empleada del Gobierno, mientras su hermano era oficial del ejército egipcio. Pero no veía el futuro que quería para sus tres hijos en Egipto. El Cairo fue testigo del asesinato de un presidente por militantes islámicos en 1981, y los atentados con bomba en la ciudad y sus alrededores en 1993.

Así que la familia se mudó a Christchurch y Abdelhalim aceptó el único trabajo que pudo encontrar, como empleado de Work and Income (“Trabajo y Renta”), la agencia gubernamental para servicios de empleo y ayuda financiera. “Traté de estudiar derecho, pero descubrí que era muy difícil comenzar de nuevo”, dijo.

Sin embargo, sus hijos iban a buenas escuelas y su familia se mudó a una pequeña casa de ladrillos, donde aún vive, con rosas en un jardín bien cuidado. Un vecino le invitaba a tomar té “casi todos los días”, dice. La familia conoce a la mujer que trabaja en la oficina de correos, a un tendero local y a casi todos los demás.

Lejos del caos de El Cairo, Christchurch es un lugar donde hay hombres con sombreros de paja y chalecos que llevan a los turistas a las tranquilas aguas del río Avon. Es una ciudad de parques con pájaros y un tranvía que cruza la Plaza de la Catedral.

La vida de Abdelhalim creció en la ciudad. Abrió un restaurante al que le puso el nombre de su antiguo hogar, Cairo. Se implicó en la comunidad musulmana, trabajando como imam en una mezquita llamada Al Noor.

Cuando los terroristas estrellaron los aviones contra el World Trade Center en Nueva York en septiembre de 2001, Abdelhalim era el jefe de una asociación islámica local. En ese momento, dijo, hubo algunos jóvenes que gritaron a los musulmanes y trataron de arrancarles los pañuelos a las mujeres. Abdelhalim respondió organizando eventos comunitarios en la mezquita. En 2017, participó en la apertura de un espacio de oración multirreligiosa en el aeropuerto. “Mi única arma”, dice, “es mi lengua”.

También ayudó a la apertura de la mezquita de Linwood, y aceptó ser su imam, su líder religioso, cuanto abrieron sus puertas a principios del año pasado, aunque tenía que desplazarse al otro lado de la ciudad. El inmueble, un antiguo centro comunitario, se encuentra cerca de los locales de una casa de empeños, el Ejército de Salvación, la tienda de bebidas alcohólicas Super Liquor y el supermercado Value Mart. Su presencia era una señal del crecimiento de la aún pequeña comunidad musulmana de la ciudad.

Fue en otra mezquita, en Al Noor, donde comenzó a disparar el hombre armado. Disparó a hombres, mujeres y niños mientras vaciaba dos cartuchos de municiones, dando vueltas alrededor para asegurarse de que había matado a la mayor cantidad posible de musulmanes. Allí segó más de 40 vidas. Después, el hombre armado subió a su automóvil y se dirigió a Linwood, donde Abdelhalim, un hombre de barba blanca cuidadosamente recortada, estaba empezando a rezar.

En la parte posterior de la mezquita, un afgano de 27 años llamado Ahmed Khan se asomó por la ventana. Khan y su familia habían llegado a Christchurch 12 años antes, dejando atrás una nación desgarrada por la guerra.

“Alguien gritó ‘¡Socorro!’ y cuando miré por la ventana, había alguien tumbado, sangrando”, dice. Khan miró hacia el camino de entrada al edificio y vio una figura extraña: un hombre con casco, disparando a plena luz del día con un rifle.

El hombre apretó el gatillo, dice Khan, y voló una bala por la ventana. Khan recuerda haber gritado: “¡Hay alguien con un arma!”

En el área de oración, donde Abdelhalim había estado recitando las palabras sagradas momentos antes, la gente se echó al suelo presa del pánico. Khan recuerda que acunó a un hombre en sus brazos un momento y después, al siguiente, el hombre “le disparó cuando yo le estaba sujetando, en la cabeza. Y murió”.

Había otro afgano en la habitación que corrió hacia la puerta. En la siguiente ráfaga de disparos, murieron siete personas. Khan dice que es casi seguro que el número de víctimas hubiera sido mayor si este segundo afgano, Abdul Aziz, un hombre bajo y musculoso que dirige una tienda de muebles, no se hubiera enfrentado al tirador.

Aziz agarró una máquina de tarjetas de crédito y se la arrojó al pistolero, esquivando las balas. Después persiguió al hombre armado con una escopeta descargada que el tirador dejó caer cuando se fue en busca de otra arma, y se la arrojó como una lanza a través de la ventana de su vehículo. Aziz, que tenía cuatro de sus hijos en la mezquita, dijo después que actuó para proteger su propio pedazo de patria adoptiva. “No sabía dónde estaban mis propios hijos, si estaban vivos o estaban muertos”, dijo.

Habían sobrevivido, y uno de sus hijos estaba tendido encima de un hermano menor, protegiendo el cuerpo del niño más pequeño con el suyo. La esposa y el hijo de Abdelhalim también salieron vivos.

Ahora, después de los 50 muertos en su ciudad, Abdelhalim está tratando de mantener la unidad de su familia y su gente. Tienen que lidiar con una cuestión que ha enfrentado a las comunidades de todo el mundo después de este tipo de masacres: ¿Cómo es posible que regresen la normalidad y la paz de antes cuando hay tanto sufrimiento y tanta rabia?

El sábado por la tarde, unas 24 horas después de la masacre, Abdelhalim salió de un centro de respuesta a la crisis en Christchurch. En la pared, había un papel con un nombre de usuario y contraseña de Wi-Fi: youarewelcome (“eres bienvenido”). Un grupo de miembros del club de motocicletas había aparcado sus motos en la hierba en muestra de apoyo. Había hombres corpulentos con chaquetas de cuero negro. Un joven con el nombre del club tatuado en una lado de la cara, Tribesmen (“Hombres tribales”), estuvo hablando con los periodistas. Al lado había policías con fusiles de asalto.

Abdelhalim se abrió paso cuidadosamente entre la multitud con un traje oscuro con rayas finas. Dice que todos preguntaban: “¿Puede volver la paz de Christchurch?”.

El manifiesto del agresor, publicado poco antes de los ataques, indicaba que quería luchar contra la “invasión” de la inmigración de los no blancos. El número real de musulmanes en Nueva Zelanda es pequeño: aproximadamente el uno por ciento de la población. En el censo de 2013, las cifras oficiales más recientes disponibles, se registra un aumento del 28 por ciento de los musulmanes si se compara con las cifras de 2006, y también aumentan los números de las comunidades hindú y sikh.

El domingo por la mañana, Abdelhalim abrió la puerta de su casa a las 9, con pantalones cortos, chanclas y una camisa de cuello gastado, en lugar de los trajes que suele llevar en público. Estaba agotado. Las autoridades de la ciudad publicaron una lista de los muertos después de medianoche en el Hospital de Christchurch. Abdelhalim estaba allí para hablar con los afligidos. Había llegado a casa del hospital en algún momento después de las 2 de la madrugada y apenas había dormido.

Al día siguiente, parado al otro lado de la cinta policial de la mezquita de Linwood, un periodista le pidió a Abdelhalim que le explicara los detalles del tiroteo. Abdelhalim dijo que preferiría no hablar.

“No quiero repetir la historia de lo que pasó”, dijo. “Porque me rompe el corazón”.

Información de Tom Lasseter; editado por Philip McClellan y Peter Hirschberg; traducido por Tomás Cobos en la redacción de Madrid

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