May 6, 2020 / 4:42 PM / 21 days ago

REPORTAJE ESPECIAL-Al blindar a los hospitales, Reino Unido dejó expuestos a los más vulnerables

LONDRES, 5 may (Reuters) - En la puerta de una casa en la periferia norte de Londres, Ayse, de tres años de edad, agarra un pañuelo de papel para limpiar las lágrimas de su abuela. Son las lágrimas de una víctima más del virus.

La nieta de Ayse Mehmet, cuya hija Sonya Kaygan murió por la enfermedad del nuevo coronavirus (COVID-19), le seca las lágrimas en su hogar en Enfield, Reino Unido, el 27 de abril de 2020. REUTERS/Peter Nicholls

La niña está esperando a su madre, Sonya Kaygan. Su abuela no le ha dado la noticia de que Kaygan, de 26 años, que trabajaba en una residencia de ancianos cercana, ha muerto, uno de los más de 100 trabajadores sanitarios que han fallecido por el coronavirus en Reino Unido.

La abuela, que también se llama Ayse, habla entre sollozos. “¿Por qué? ¿Por qué?”, repite. ¿Por qué no pudo visitar el hospital para despedirse? ¿Por qué murieron tantos en el lugar de trabajo de su hija? Al menos 25 residentes desde principios de marzo, de los cuales al menos 17 fallecimientos estaban vinculados con el coronavirus. Se trata de una de las mayores cifras de muertos reveladas hasta ahora en una residencia en Inglaterra. ¿Y por qué Kaygan y sus colegas recurrieron a comprar mascarillas en Amazon hace un mes, protección que llegó solo cuando ya estaba en el hospital?

Una investigación de Reuters sobre el caso de Kaygan, la residencia donde trabajaba y, en general, sobre la comunidad en la que vivía, proporciona una imagen detallada de la línea del frente en la guerra de Reino Unido contra el coronavirus. Expone, además, un peligroso desfase entre las promesas hechas por el Gobierno del primer ministro Boris Johnson y la realidad sobre el terreno.

Pese a que el Gobierno prometió proteger a los ancianos y colectivos vulnerables del mortal virus, las juntas de distrito y los consistorios dicen que no tenían las herramientas para llevar a cabo el plan y a menudo disponían tan sólo de horas para aplicar las nuevas instrucciones del Gobierno.

Las políticas diseñadas para evitar que los hospitales se desbordasen supusieron una mayor carga para las residencias de ancianos. Al darse prioridad a los hospitales, las residencias se encontraron con dificultades para acceder a test y equipos de protección. Los ancianos también se han visto expuestos a un riesgo posiblemente mayor, debido a las medidas adoptadas para admitir solo a los más enfermos en los hospitales con el objetivo de evitar que no se saturasen los centros sanitarios con pacientes que no estuvieran graves. Estas conclusiones se basan en documentos de organismos gubernamentales vistos por Reuters, entrevistas con cinco dirigentes de administraciones locales y ocho directivos de residencias de ancianos.

Es demasiado pronto para llegar a conclusiones finales sobre la bondad de las medidas aplicadas. Aun así, el personal y los gestores de muchas residencias señalan que en su opinión el Gobierno británico cometió un error inicial crucial: centró demasiada atención en la protección del Servicio Nacional de Salud (NHS, por sus siglas en inglés) del país a expensas de los más vulnerables de la sociedad, entre ellos las 400.000 personas, en su mayoría ancianos o enfermos, que se calcula que viven en centros de atención en todo el país.

El Gobierno resumió esa estrategia con el lema “Proteger al NHS”. Esta táctica dio a los hospitales con financiación pública prioridad sobre las residencias. Un portavoz del Gobierno británico defendió esta estrategia al ser preguntado por Reuters: “es una pandemia mundial sin precedentes y hemos tomado las medidas adecuadas en el momento adecuado para combatirla, guiados por el mejor asesoramiento científico”.

Los efectos de esta estrategia se han sentido con especial intensidad en el centro Elizabeth Lodge, en Enfield, al norte de Londres, donde trabajaba Kaygan.

La primera prueba de coronavirus de un residente del Elizabeth Lodge no se hizo hasta el 29 de abril, 34 días después del primer caso sospechoso en la residencia, dijo Andrew Knight, director ejecutivo de servicios residenciales en CareUK, una compañía privada que gestiona el centro. También fue 14 días después de que Matt Hancock, el secretario de salud del Reino Unido, prometiera que las pruebas estarían disponibles para “todos los que las necesiten” en este tipo de centros.

“La respuesta del Gobierno a las pruebas ha llegado demasiado tarde para tener un efecto significativo a la hora de lograr que el virus no entre en nuestras residencias”, dice Knight, el directivo de CareUK, en un comunicado remitido a Reuters.

Hasta ahora, al menos 32.300 personas han muerto en Reino Unido a causa del coronavirus, la cifra más alta de Europa, según los datos oficiales del país procesados hasta el 2 de mayo. De esas muertes, más de 5.890 se registraron en residencias de Inglaterra y Gales hasta el 24 de abril, la última fecha disponible. Estas cifras no incluyen a los residentes de los centros que fueron llevados a hospitales y murieron allí, ni los de Escocia e Irlanda del Norte.

Muchos empleados de residencias creen que estas cifras subestiman el número de muertes entre los residentes de estos establecimientos porque, ante la ausencia de test, no se están incluyendo todas. Durante las 10 semanas previas al brote, incluyendo el punto álgido de la temporada de gripe, un promedio de 2.635 personas morían cada semana en las residencias de Inglaterra y Gales. Para el 24 de abril, el número de muertes semanales había aumentado a 7.911. Según los cálculos de Reuters, la pandemia ha provocado al menos un exceso de 12.700 muertes en las residencias.

“Creo que al principio se centró mucho en los casos agudos”, es decir, los de tratamiento hospitalario urgente, “y en asegurar que los hospitales fueran capaces de responder de forma efectiva”, dice Graeme Betts, director ejecutivo en funciones del Ayuntamiento de Birmingham, que supervisa la segunda ciudad más grande del Reino Unido. “Y creo que al principio las residencias de ancianos no recibieron la atención que quizás deberían haber tenido”.

Helen Wildbore, directora de la Asociación de Familiares y Residentes, una organización benéfica nacional que apoya a las familias de las personas que viven en residencias, dijo que si bien era correcto que el enfoque inicial se centrara en la protección del NHS, “creo que el Gobierno ha tardado demasiado en prestar atención” a las personas vulnerables fuera de los hospitales. “Creo que es justo decir que el sector ha quedado en un plano secundario durante mucho tiempo.”

Jeremy Hunt, exministro de Sanidad con el Partido Conservador y ahora presidente de una comisión de salud de la Cámara de los Comunes, abogó por prohibir las visitas de amigos y familiares a las residencias desde principios de marzo, consejo que no fue seguido. En declaraciones a Reuters, Hunt señala un paralelismo entre la respuesta del Reino Unido al coronavirus y la forma en que se enfrenta al pico de demanda invernal de servicios hospitalarios.

“Lo que sucede con cualquier crisis invernal del NHS es que el foco de atención cambia inmediatamente a los hospitales y domina la estrategia del sistema”, dijo. “Mucha gente del sector de la asistencia social me dijo que pasó exactamente lo mismo con la epidemia de COVID-19.”

El portavoz del Gobierno consultado dijo que proteger a los ancianos y a los miembros más vulnerables de la sociedad siempre ha sido siempre prioritario, “y hemos estado trabajando día y noche para combatir el coronavirus con una estrategia diseñada para proteger nuestro NHS y salvar vidas”.

LA BURBUJA

Nacida en la zona norte de Chipre en 1993, Sonya Kaygan llegó al Reino Unido tras haber estudiado inglés. Se estableció en Enfield, un municipio del norte de Londres de 334.000 habitantes con una gran comunidad de origen turco, y uno de los más afectados por la pandemia del virus.

Kaygan vivía con su madre y juntas cuidaban a la niña. Ambas trabajaban en residencias: ella en turnos de noche y su madre en turnos de día, en centros distintos. El sueldo mensual de Kaygan por tres o cuatro turnos semanales de 12 horas sumaba en términos netos alrededor de 1.500 libras esterlinas, justo por debajo del alquiler mensual de su casa.

Cuando el primer ministro impuso el confinamiento el 23 de marzo, el virus se propagaba rápidamente y Kaygan empezó a sentirse mal. “Empezó a sentir malestar”, dice su tío Hasan Rusi. “Tenía fiebre y tosía. Podría haber sido un resfriado, podría ser un virus.”

Los planes establecidos por el Gobierno para hacer frente a una pandemia de gripe siempre habían sido claros en cuanto a que las residencias podrían ser focos de propagación de las infecciones. Pero el 25 de febrero, Sanidad Pública de Inglaterra, una agencia gubernamental que supervisa la atención médica, declaró que seguía “siendo muy improbable que las personas que reciben atención en una residencia o en la comunidad se infecten”.

Estas orientaciones fueron replicadas en los sitios web de las residencias y se mantuvieron hasta el 13 de marzo. Significó que pocas residencias restringieron las visitas y pocas familias sacaron a sus parientes de los centros. No se estableció ningún plan para hacer pruebas al personal. Un portavoz del Gobierno dice que las orientaciones “reflejaban con precisión la situación en el momento en que había un riesgo limitado de que la infección llegara a una residencia”.

El 12 de marzo, el Gobierno pasó de lo que denominaba una fase de “contención” a una fase de “retraso”, después de que la Organización Mundial de la Salud calificara la crisis de pandemia internacional. El Reino Unido centró entonces sus esfuerzos en mitigar la propagación del virus entre la población, permitiendo que se desarrollara “algún tipo de inmunidad de rebaño”, como explicó en la radio de la BBC el 13 de marzo el asesor científico principal, Patrick Vallance. Sin embargo, según Vallance, se protegía “a los que son más vulnerables”.

David Halpern, un psicólogo que dirige un equipo de ciencias del comportamiento que asesora al Gobierno británico, había dado más detalles sobre la idea en una entrevista con medios de comunicación el 11 de marzo. A medida que la epidemia crecía, dijo, llegará un punto “en el que tienes que crear una burbuja, tienes que proteger a esos grupos de riesgo para que no se contagien de la enfermedad”.

No obstante, las entrevistas de Reuters a cinco líderes de grandes autoridades municipales y a ocho directivos de residencias de ancianos indican que no se disponía de los recursos clave para este tipo de aislamiento de los grupos de riesgo.

No había suficientes equipos de protección, ni listas de personas vulnerables, dijeron. No se identificaron las cadenas nacionales de suministro de alimentos, ni había un plan para suministrar medicamentos, organizar a los voluntarios o sustituir al personal asistencial temporalmente enfermo. Y sobre todo, según los entrevistados no había ningún plan para hacer pruebas de forma generalizada en lugares vulnerables como las residencias o las prisiones, y mucho menos una infraestructura para realizarlas.

El 23 de marzo, Johnson anunció otro cambio de estrategia, sustituyendo la de “mitigación y burbuja” por un confinamiento generalizado. Se cerraron escuelas, pubs y restaurantes, se cancelaron los eventos deportivos y se pidió a todo el mundo que se quedara en casa.

Para los dirigentes municipales, cuidar de los más vulnerables se convirtió en un desafío cada vez mayor. Curiosamente, según señalan, los nuevos planes se anunciaban en una conferencia de prensa nacional celebrada por la tarde por un ministro, y las instrucciones de ponerlos en práctica llegaban por correo electrónico a los ayuntamientos esa misma noche, a veces para aplicarlas el día siguiente. Las promesas ministeriales, entregadas a las juntas municipales, incluían la elaboración de una “lista de protección” de los más vulnerables, la entrega de alimentos para estos y la organización y entrega de medicamentos con receta. Incluso se anunciaron planes para utilizar voluntarios a nivel nacional, sin tener en cuenta las infraestructuras de voluntarios que muchos ayuntamientos ya tenían en marcha.

“Desde nuestra posición privilegiada, a veces parecía una política improvisada”, dijo Jack Hopkins, que dirige la junta municipal de Lambeth en el sur de Londres, uno de los primeros focos del brote del virus. Las juntas municipales sabían que tenían que actuar rápidamente, pero no había diálogo al respecto. “Era como si estuvieran gobernando a golpe de nota de prensa, y los gobiernos locales tenían que arreglar el entuerto”, dijo Hopkins.

Algo similar ocurrió en Birmingham, que también se vio duramente golpeada por el virus. Betts, director ejecutivo de la junta, quiere evitar las críticas en una situación que es “nueva para todos”. Sin embargo, dice, “resulta todo muy complicado desde la perspectiva de las autoridades locales, cuando, por ejemplo, el primer ministro dice a las 5 pm o 6 pm que algo va a pasar. A las once o a medianoche recibes algunas directrices al respecto y se supone que tienes que salir a toda prisa al día siguiente”.

El problema más grave identificado a nivel municipal desde el principio fue la escasez de equipos de protección individual (EPI) para el personal del Servicio Nacional de Salud y de las residencias de ancianos. Sin embargo, Jenny Harries, subdirectora médica de Inglaterra, declaró el 20 de marzo que había un “suministro perfectamente adecuado de EPI” para los trabajadores y las presiones de abastecimiento estaban “completamente resueltas”.

Cinco días después, Johnson dijo al parlamento que cada trabajador de las residencias recibiría el equipo de protección personal que necesitara “antes de que acabara la semana”. Eso no ocurrió, y más de un mes después, el jefe de medicina del Gobierno admitió públicamente que la escasez seguía existiendo.

Según Nesil Caliskan, dirigente de la Junta Municipal de Enfield, las primeras declaraciones de que la escasez local se debía a dificultades de distribución resultaron ser una “mentira descarada”. Lo que pasaba era, según Caliskan, que el Gobierno sencillamente no tenía suficientes.

El Gobierno no respondió directamente a las afirmaciones de que había dado falsas garantías o tiempo y recursos insuficientes a las juntas para aplicar las instrucciones de los ministros. Un portavoz dijo que una alianza entre el NHS, la industria y las fuerzas armadas había construido una “gigantesca red de distribución de EPI casi desde cero”. Las juntas municipales han recibido 3.200 millones de libras esterlinas en fondos adicionales para contribuir a su respuesta a la pandemia, según este portavoz, y 900.000 paquetes de alimentos se han entregado a las personas vulnerables.

UN RASTRO INVISIBLE

El lugar de trabajo de Kaygan, el Elizabeth Lodge, se construyó en una zona arbolada del extrarradio de Enfield, en los terrenos de dos antiguos hospitales de enfermedades infecciosas. Lo dirige CareUK, una empresa privada de servicios sanitarios, y normalmente alberga a unos 90 residentes, atendidos por 125 empleados.

El distrito se ha visto muy afectado por el coronavirus y la Junta de Enfield ha registrado brotes en al menos 42 de las 82 residencias, según la junta. La junta y la Comisión de Calidad de Atención, que regula el sector, no quisieron revelar cifras de muertes, alegando motivos de privacidad.

El Elizabeth Lodge, según varias personas con conocimiento directo del asunto, fue uno de los dos centros de Enfield más salvajemente afectados por el virus. El otro, según estas personas, es el Autumn Gardens. Un alto directivo de Autumn Gardens, de propiedad privada, prefirió no hacer comentarios.

Será difícil determinar cómo se infectaron Kaygan y tantos residentes de Elizabeth Lodge y otras residencias. Esto se debe en parte a que, como ha informado Reuters anteriormente, cuando comenzó el brote, Reino Unido no tenía ningún plan para realizar pruebas de detección del virus una vez que el patógeno comenzara a propagarse.

La dirección del Elizabeth Lodge dice que no ha identificado la fuente del brote en el centro. La residencia comenzó a reducir las visitas desde principios de marzo y casi todas las visitas que no revestían un carácter de emergencia se prohibieron a partir del 17 de marzo.

“En este punto, a cualquiera que entrara en la residencia, incluyendo a los miembros del personal y a los profesionales sanitarios, se le comprobó la temperatura y se le hizo un cuestionario para evaluar su salud”, dijo CareUK en un comunicado a Reuters.

El último día de trabajo de Kaygan fue el viernes 20 de marzo. La semana siguiente llamó para decir que estaba enferma.

El domingo 22 de marzo, Día de la Madre en Inglaterra, Kaygan se acercó a dejar un ramo de flores a dos parientes, Kenan y su esposa Ozlem, que ayudaron a cuidar de ella cuando era pequeña. Hablaron con Reuters desde el umbral de su casa. “Nos dijo que tenía que volver al trabajo. Pero yo insistí en que se quedara en casa”, dijo Kenan. Al día siguiente, Johnson anunció el confinamiento a nivel nacional.

Según la dirección del centro, ninguno de los residentes mostró síntomas hasta el 26 de marzo, en el ala York de la casa, es decir, seis días después de que Kaygan trabajara por última vez y 11 después de que trabajara por última vez en el ala York.

En las residencias de Enfield se habían identificado 48 casos de COVID-19 hasta el 27 de marzo y al menos dos personas habían muerto por la enfermedad. Para entonces todas las residencias habían prohibido las visitas.

Entonces, ¿cómo ganó terreno la infección en los centros de mayores?

Según varios gestores de residencias, una ruta clave para la infección fue abierta por una decisión del NHS tomada a mediados de marzo, mientras Reino Unido se preparaba para la pandemia, de sacar 15.000 pacientes de los hospitales y trasladarlos a centros de la comunidad, incluyendo un número no especificado de pacientes a residencias. No se trataba solo de pacientes de plantas generales de los hospitales. Había algunos que habían dado positivo en el test de COVID-19, pero se consideró que era mejor atenderlos fuera del hospital.

En un plan emitido por el NHS el 17 de marzo, se exhortó a las residencias a ayudar con las prioridades nacionales. “El alta oportuna es importante para que los individuos puedan recuperarse en un entorno apropiado para la rehabilitación y la recuperación. El NHS también necesita dar de alta a gente para mantener la capacidad de los pacientes gravemente enfermos”, decía el plan.

Una directriz del Departamento de Sanidad con fecha del 2 de abril y publicada en internet afirmaba además que “no se requieren pruebas negativas antes de los traslados/admisiones en las residencias”.

Jamie Wilson, exespecialista en demencia del NHS y fundador de Hometouch, que proporciona cuidados a las personas en sus propios hogares, dijo que, basándose en sus conversaciones con sus colegas del sector, cree que las residencias de todo el país han acogido a docenas de pacientes en riesgo de propagar la infección. Aunque señaló que no estaba al tanto de casos específicos, considera atroz y temeraria la idea “de enviar a pacientes positivos de COVID a residencias sabiendo que es una enfermedad tan infecciosa”.

El Gobierno del Reino Unido no respondió directamente a la pregunta de si algunas altas hospitalarias habían puesto en riesgo a grupos vulnerables. Un portavoz dijo que el aumento de la financiación, los test y los procedimientos de cuarentena deberían solucionar los problemas.

Un consultor de enfermedades infecciosas del NHS, que trabaja en la gestión de pacientes de COVID-19, dijo que enviar a las personas enfermas con el coronavirus de vuelta a las residencias podría, en muchos casos, ser lo mejor para el paciente, siempre que se les pueda atender de la manera correcta. Lo ideal, dijo, es que todos los pacientes sean examinados antes de ser trasladados y puestos en cuarentena hasta quince días.

El problema era que a la mayoría de los pacientes no se les había hecho la prueba de COVID-19 y las residencias tienen pocas instalaciones para poner en cuarentena a los recién llegados.

En Birmingham, más de 300 personas recibieron el alta y fueron trasladados a residencias a partir de principios de marzo, “un nivel significativamente más alto de lo normal”, dijo Betts. En Enfield, 30 pacientes fueron enviados a residencias, en torno a la media, según la junta municipal. Una directiva de residencias en el distrito dice que algunos de los traslados eran preocupantes.

Esta directiva recuerda que, poco después de que Johnson anunciara el confinamiento, tuvo una discusión con los responsables de un hospital cercano, que querían que volviera a aceptar a un residente que había sido tratado por sepsis. El hospital tenía pacientes con coronavirus en ese momento. La directiva no quiso dar el nombre del hospital, para evitar la identificación del paciente. Ella aceptó la petición del hospital con una condición: que el residente, que no mostraba síntomas de coronavirus, fuera examinado. Sin embargo, el hospital se negó, diciendo que no tenía suficientes pruebas para evaluar a los pacientes asintomáticos.

En última instancia, la directiva cedió. Una semana más tarde, varios residentes comenzaron a mostrar síntomas similares a los de la COVID-19, según ella. No dio una cifra precisa. No se sabe si el paciente transferido fue la fuente del brote.

“Fue muy imprudente”, dijo. “No pensaban en absoluto en nosotros. Era como si dijeran: abandonemos a los ancianos”.

En el centro Elizabeth Lodge, entre el 1 y el 19 de marzo, llegaron cuatro nuevos residentes, dos procedentes de hospitales y otros dos de otras residencias. La dirección del Lodge dijo, en un comunicado, que no había pruebas de que estos residentes trajeran el virus a la residencia, “pero seguimos evaluándolo”.

Knight, director ejecutivo de servicios asistenciales de CareUK, que gestiona el centro Elizabeth Lodge, dice que es esencial que los pacientes del hospital fueran sometidos a test antes de ser transferidos. “Necesitamos asegurarnos no solo de que la prueba se ha hecho, sino de que los resultados están disponibles antes de tomar la decisión sobre la admisión” en la residencia , dijo en un comunicado a Reuters.

TEST, TEST, TEST

El 12 de marzo, el director médico de Reino Unido, Chris Whitty, anunció el fin de la mayoría de las pruebas a la población general para centrarse en los pacientes ingresados en el hospital. Sin embargo, Vallance, el asesor científico principal, aclaró al parlamento una semana más tarde que todavía se harían pruebas en grupos aislados de casos en la población.

Para el 6 de abril, la junta municipal de Enfield había registrado al menos 26 muertes en residencias, y 126 casos sospechosos. Sin embargo, solo se ofrecían 10 pruebas al día para los miles de cuidadores de todo el norte de Londres, dijo Caliskan, que dirige la junta de Enfield.

Según Knight, en el Elizabeth Lodge no se ofrecieron pruebas para el personal hasta después del 15 de abril, cuando el ministro de Sanidad anunció planes para realizar pruebas a todos los residentes y trabajadores de las residencias de ancianos si presentaban síntomas. Incluso después de la promesa de Hancock, el Lodge solo tuvo acceso a seis pruebas para el personal y ninguna para los residentes, según Knight.

Las directrices del Gobierno, que se ha encontrado con dificultades para aumentar rápidamente la disponibilidad general de test, seguían siendo que el personal debía simplemente quedarse en casa y aislarse si presentaba síntomas. En su comunicado a Reuters, Knight cuenta que él y otros representantes del sector habían apelado a “altos miembros del Gobierno para que explicaran los desafíos a los que nos estábamos enfrentando y cómo podían apoyarnos de la mejor manera posible”. No dijo con quién habló.

Finalmente, el 28 de abril, Hancock dijo que todos los residentes y el personal de las residencias podrían ser sometidos a pruebas aunque no mostrasen síntomas. Una vez más, las palabras no coincidieron con lo experimentado en el terreno.

Lisa Coombs, directiva de la residencia Minchenden Lodge, en Enfield, un hogar con hasta 25 residentes, dice que solo le dieron un paquete con 10 pruebas. Ocho de ellas dieron positivo. No había podido conseguir pruebas para otros 10 residentes aunque algunos mostraban síntomas.

“Lo que el Gobierno dice es un montón de patrañas”, dijo. “Estoy enfadada porque no nos están apoyando”. Coombs prefiere no decir cuántos residentes han muerto.

En el Elizabeth Lodge, ningún residente fue examinado hasta el 29 de abril, según Knight. Incluso después de esa fecha, la Comisión de Calidad de Atención, que ha estado suministrando test a los hogares, solo proporcionó pruebas para residentes que mostraban síntomas de coronavirus. Las cosas mejoraron “de manera muy limitada” en las últimas dos semanas de abril, según Knight, y ahora “parecen estar ganando impulso”.

Obtener acceso a las pruebas a una escala significativa ahora podría reducir el impacto del virus en los próximos meses, señala Knight.

Un portavoz del Gobierno dijo que ahora se está instituyendo una política de realizar pruebas a todos los pacientes antes de su admisión en las residencias, con la recomendación de que los pacientes hospitalarios dados de alta y trasladados a las residencias estén aislados durante 14 días, incluso con resultados negativos en las pruebas.

MASCARILLAS

Sonya Kaygan, según recuerda su madre Ayse, nunca dijo mucho sobre su trabajo o las condiciones en el Lodge. Pero un día, al comienzo del brote, Sonya vio los guantes de manga larga que su madre, una cuidadora en otra residencia, estaba usando. “En la nuestra no tenemos”, dijo Kaygan. El Elizabeth Lodge le dijo a Reuters que el personal tenía todo el equipo necesario.

Sin que su familia lo supiera, Kaygan había pedido mascarillas quirúrgicas en Amazon. Llegaron a principios de abril, después de que fuera hospitalizada. Otros cuidadores del Elizabeth Lodge también pidieron mascarillas, dijo otro miembro del personal. Y después de la muerte de Kaygan, otro compañero de trabajo publicó en Twitter: “trabajo allí y todo esto ha sido muy duro para todos nosotros y todos tienen razón. Nosotros como cuidadores no tenemos suficientes EPI”.

Otro empleado del Elizabeth Lodge dijo a Reuters que aunque el personal había expresado su preocupación, muchos tuvieron que trabajar durante semanas sin mascarillas o visores. “Estaba petrificado. Cada vez que entraba allí, me preocupaba por mí, mi familia, la gente que vive allí, mis compañeros”, dijo.

Según este empleado, a principios de marzo hubo dos reuniones en las que los gerentes discutieron con el personal cómo responder si había un brote de coronavirus. Los empleados se preguntaban por qué no tenían más equipos de protección. La dirección respondió diciendo que estaban haciendo todo lo posible para traer más.

Reuters no pudo verificar esta versión de forma independiente. La dirección de la residencia le dijo a Reuters que ni Kaygan ni ningún otro empleado le planteó a los gerentes sus preocupaciones sobre los equipos de protección.

Según dijo la dirección del centro en un comunicado, en el momento en que Kaygan trabajaba allí, no se usaban mascarillas, debido a la recomendación oficial entonces era que las mascarillas solo eran necesarias cuando se trabajaba a menos de un metro de alguien con síntomas de COVID-19. Salud Pública de Inglaterra dice que la interpretación la residencia estaba en línea con el protocolo entonces vigente de que las mascarillas solo se necesitaban cuando se estaba en contacto personal con alguien, como por ejemplo al lavarlo.

En todo Enfield, el suministro de EPI era un gran problema. Según Caliskan, a finales de marzo los suministros en algunas residencias eran inadecuados, y en otros se estaban agotando. El Gobierno prometió repetidamente enviar suministros, pero cuando una entrega muy esperada por el ejército llegó al depósito de la junta el 28 de marzo, apenas se tardaron 6 minutos en descargarla, dijo. Contenía solo 2.000 delantales y 6.000 mascarillas, que no están diseñados para un uso repetido o prolongado, para los 5.500 trabajadores de residencias de Enfield.

AL HOSPITAL

El 31 de marzo, justo después de las 2 pm, Sonya Kaygan fue recogida por una ambulancia de la casa que compartía con su madre y su hija. A Kaygan le resultaba cada vez más difícil respirar. Mientras caminaba hacia la ambulancia, se volvió hacia su madre y dijo: “Si no regreso, cuida de mi niña”.

El equipo de la ambulancia dijo que llevaría a Kaygan al cercano Hospital North Middlesex, pero cuando la familia llamó allí más tarde, no había nadie con ese nombre. Su tío Hasan la rastreó y la localizó en el hospital Whipps Cross en Leytonstone, al noreste de Londres. Kaygan hizo videollamadas a su familia y le pidió a Ayse que fuera a visitarla. Pero, como ocurre en muchos países, el hospital no lo permitió.

En un correo electrónico a Reuters, los administradores del NHS encargados de Whipps Cross dijeron que todas las visitas están “actualmente suspendidas salvo en circunstancias excepcionales” para detener la propagación de COVID-19.

Luego llegó la noticia de que Kaygan sería intubada, sedado y puesta en un respirador. Su última llamada fue a un familiar en Chipre, alrededor de las 6 am del 2 de abril. “Voy a entrar ahora”, dijo.

La admisión en el hospital de Kaygan fue rápida. Muchos otros han informado de dificultades para entrar.

Munuse Nabi, de 90 años, vivía en una residencia en Ilford, en el este de Londres. Estaba en una situación extremadamente frágil, con problemas de corazón, pulmón y riñón. Pero también estaba mentalmente fuerte, con una memoria muy aguda, capaz de hablar por teléfono y de mirar los canales de televisión. “Estaba perfecta”, dice su hijo Erkan Nabi, profesor de autoescuela.

A principios de abril, Munuse empezó a tener fiebre y una tos seca y persistente, y perdió la voz. A medida que empeoraba, un médico examinó a Munuse por vídeo. Cuando empezó a tener dificultades para respirar, Nabi instó a la residencia a enviarla al hospital.

Una enfermera le dijo: “nos han dicho que no enviemos gente al hospital. Que los dejemos aquí. Están cómodos”. Él se enfadó. “Estaban tratando de animarme a dejarla allí para que se muriera”. Insistió en pedir una ambulancia y finalmente la trasladaron al hospital.

Un portavoz de la residencia dice que el personal estaba “haciendo todo lo posible para asegurarnos de que nuestros residentes y compañeros estén seguros y bien en estos tiempos difíciles”.

Esta estrategia respecto a hospitalización se debe, según muchas residencias, a una directriz nacional. Un documento con la estrategia del NHS de Inglaterra publicado el 10 de abril enumeraba a los residentes de los centros de ancianos entre aquellos que “normalmente no deberían ser trasladados al hospital a menos que sean autorizados por un colega de alto rango”.

El documento fue retirado cinco días después, después de recibir numerosas críticas. El NHS no respondió a una petición de esta agencia para analizar el documento.

El servicio de ambulancias de Londres también emitió nuevas directrices.

Los equipos de ambulancia evalúan a los pacientes usando un sistema estándar de puntuación de los signos vitales. De acuerdo con el Colegio Real de Médicos, un paciente que obtiene cinco o más puntos en una escala de 20 debe recibir atención clínica y ser monitorizado cada hora. Un paciente con una puntuación de cinco normalmente sería trasladado al hospital.

Pero a principios de marzo, el servicio de ambulancias de Londres subió el listón de los pacientes de COVID-19 a siete.

“Nunca antes había visto una puntuación de siete,” dijo un paramédico del NHS entrevistado por Reuters. Este médico habló bajo condición de anonimato.

El 10 de abril, la puntuación requerida se redujo a cinco. En un comunicado, el Servicio de Ambulancias de Londres dijo a Reuters que su orientación previa era una de las varias evaluaciones utilizadas y que el juicio clínico era el factor decisivo. Cuando se le preguntó al NHS si dicha orientación respondía a la estrategia nacional, no respondió.

Es posible que una prueba de las restricciones se encuentre en un estudio entre 17.000 pacientes hospitalizados por COVID-19 en 166 centros del NHS entre el 6 de febrero y el 1 de abril. El estudio mostraba que un tercio de estos pacientes murieron, lo que supone una tasa elevada de mortalidad.

Calum Semple, experto en medicina epidemiológica en la Universidad de Liverpool, dijo en una entrevista con Reuters, que esto indicaba, entre otras cosas, que Inglaterra ponía un “alto listón” para la hospitalización. “Esencialmente, solo los que están bastante enfermos entran”. Sin embargo, según Semple, no hay datos todavía sobre si este elevado listón perjudicó en última instancia a la gente con el virus en Reino Unido. El NHS no hizo comentarios.

FALSA VICTORIA

En las salas del hospital de Londres, el 12 de abril, domingo de Resurrección, había una sensación de luz al final del túnel. Durante el largo fin de semana de vacaciones, según varios doctores contactados por Reuters, algunos hospitales solo registraron un puñado de nuevas admisiones.

Sin embargo, en la línea del frente de los esfuerzos para proteger a las personas más vulnerables de la capital, lo peor estaba lejos de haber terminado. Según una fuente que participó directamente en la respuesta de Londres al coronavirus, el alcalde de la capital, Sadiq Khan, estaba recibiendo informes de que los bancos de alimentos estaban a punto de agotarse. Se celebraron reuniones de crisis durante todo el fin de semana para reponer las existencias.

En Enfield, para el Domingo de Resurrección se habían registrado un total de 39 muertes en residencias de ancianos relacionadas con el COVID-19, y había 142 residentes con sospecha de infecciones. A finales del mes pasado, casi 100 residentes más de las residencias de Enfield morirían. El total en el distrito, según lo registrado por la junta municipal, hubo 136 muertes relacionadas con el virus en las residencias hasta el 30 de abril, incluyendo a los residentes de los centros que murieron en un hospital.

En el escenario nacional, el Gobierno presentó un relato de éxito. El primer ministro Boris Johnson, en su primera conferencia diaria en Downing Street desde que se recuperó del coronavirus, dijo el 30 de abril que Reino Unido había superado el pico y había evitado la sobresaturación de los servicios de salud.

“Es por ese masivo esfuerzo colectivo para proteger al NHS por lo que hemos evitado una epidemia incontrolable y catastrófica”, dijo Johnson.

Aun así, las muertes en las residencias estaban aumentando.

En la tercera noche de la estancia en el hospital de Munuse Nabi, de 90 años, un médico llamó a su hijo Erkan para decirle que la prueba de COVID-19 había dado positivo. Como su condición estaba empeorando y era demasiado frágil para un tratamiento invasivo, no podrían salvarla.

Erkan fue al hospital y lo vistieron con un equipo de protección personal, incluyendo visera y bata.

Mientras los médicos le daban a Munuse pequeñas dosis de morfina para que se sintiera cómoda, Erkan permaneció junto a su cama durante todo el 19 de abril y hasta la madrugada del 20 de abril, sosteniendo su mano mientras ella se iba apagando.

Fue en la madrugada del 17 de abril cuando la familia de Kaygan recibió la llamada que temían. Había fallecido.

Su madre publicó un mensaje en Facebook: “Mi alma, mi ángel, perdí al ángel más hermoso del mundo. Perdimos al ángel más hermoso de este mundo”.

Aún no ha reunido las fuerzas para decirle a la hija de Kaygan, Ayse, de tres años, que su madre ha muerto.

<^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^

Versión web del reportaje (en inglés) here

^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^>

Información de Stephen Grey y Andrew MacAskill; información adicional de Ryan McNeill; editado por Janet McBride y Peter Hirschberg; traducido por Tomás Cobos

0 : 0
  • narrow-browser-and-phone
  • medium-browser-and-portrait-tablet
  • landscape-tablet
  • medium-wide-browser
  • wide-browser-and-larger
  • medium-browser-and-landscape-tablet
  • medium-wide-browser-and-larger
  • above-phone
  • portrait-tablet-and-above
  • above-portrait-tablet
  • landscape-tablet-and-above
  • landscape-tablet-and-medium-wide-browser
  • portrait-tablet-and-below
  • landscape-tablet-and-below