April 2, 2020 / 9:27 AM / 4 months ago

Más allá del muro de Trump: los estadounidenses que tratan de esquivar el coronavirus en Latinoamérica

LAGO DE ATITLÁN, Guatemala, 2 abr (Reuters) - Algunos estadounidenses, desde jóvenes mochileros hasta jubilados, se están preparando para enfrentar la epidemia del coronavirus lejos de casa, en América Latina, argumentando que se sienten más seguros y que no le encuentran sentido a seguir luchando para regresar.

La mochilera y estudiante de español Lola Daehler, de Estados Unidos, es fotografiada en un salón de clases después de que decidió quedarse en Guatemala, donde se siente más segura para enfrentar el brote de la enfermedad por coronavirus (COVID-19), en San Pedro La Laguna, Sololá, Guatemala Marzo 27, 2020. Fotografía tomada el 27 de marzo de 2020. REUTERS / Luis Echeverria

    Mientras miles buscaron la ayuda del gobierno estadounidense o de empresas de seguridad privada para evacuar, otros optaron por quedarse, preocupados por el vertiginoso aumento de casos en su país, que ha empeorado por medidas de contención más laxas.

    Algunos están encantados con su elección, pero otros lucen tristes ante la perspectiva de un distanciamiento prolongado de sus seres queridos. Otros más, se sienten atrapados frente a la indecisión sobre dónde ir, en momentos en que cada vez más se reducen los vuelos internacionales disponibles.

Lola Daehler, una joven neoyorquina de 22 años, estaba de viaje con sus amigos en Hawái cuando el brote viral empeoró y se decretaron las restricciones de viajes en su país. Ella optó por trasladarse a las concurridas costas del lago Atitlán, en Guatemala, rodeadas de exuberantes volcanes y pintorescas comunidades mayas.

    “Estoy muy feliz de haber llegado al lago”, dijo. “Puedo despertarme y nadar y no estar en Nueva York, lo cual parece terrible en este momento”.

    Nueva York se ha convertido en el epicentro de la epidemia en Estados Unidos tras registrar 83,712 infecciones y 1,941 muertes.

    Daehler destacó que existe un estricto toque de queda en Guatemala, a partir de las 16.00 horas locales todos los días, que fue promulgado hace más de una semana y que es anunciado a través de altavoces de patrullas policiales itinerantes en la lengua mayense Tz’utujil, así como en español e inglés.

    La joven pasa el tiempo tocando su guitarra, leyendo, corriendo y nadando, pero afirma que algunos amigos le han suplicado que regrese a casa. “No va a suceder”, dijo.

    Las autoridades guatemaltecas han confirmado solo 39 casos de coronavirus y una muerte hasta la fecha. Sin embargo, se han realizado menos de 600 pruebas, según oficiales de salud.

    El embajador de Estados Unidos en México hizo un llamamiento a sus connacionales que residen en el país latinoamericano a que regresen a su tierra, pidiéndoles a los que se queden que “piensen mucho en su situación personal”.

    Alentó a los aproximadamente 1,5 millones de residentes estadounidenses a registrarse en un sistema en línea para recibir alertas y que puedan ser rastreados en México, en cuya frontera el presidente Donald Trump ha impulsado la construcción de un muro para detener la inmigración ilegal.

    Un portavoz de la embajada no reveló cuántos se han inscrito.

    Durante la última década, la exresidente de Oregón Tina Rosa, una autora de 76 años y entusiasta del arte popular, ha vivido cerca del pintoresco pueblo mexicano San Miguel de Allende. “Creo que mi destino está aquí”, dijo.

El fin de semana pasado, Rosa se aventuró por primera vez en 10 días a salir, con una cubrebocas y guantes, para comprar una cerca adicional para su jardín.

    “Creo que las personas que realmente pueden cultivar algo de comida van a estar mejor que las personas que no pueden”, dijo.

    Si bien espera una cuarentena prolongada y sistemas de salud abrumados en todas partes, esas no son sus principales preocupaciones. “¿Volveré a ver a mis amigos otra vez? ¿Volveré a ver a mi hija?”, se preguntó, con voz temblorosa.

SIN DESESPERARSE

Otros estadounidenses al sur de la frontera describen dilemas dolorosamente difíciles, algunos de los cuales permanecen sin resolver.

La hija de Rosa, Felisa Rogers, una escritora de viajes y comida de 41 años, está varada en el centro de Ciudad de México, junto con su novio mexicano.

Desde finales de noviembre ha estado en México, un destino de viaje frecuente, pero tiene un vuelo reservado de regreso a Oregón para el domingo, lugar donde tendría más acceso al exterior en comparación con su vecindario actual.

“Supongo que es posible que cancelen mi vuelo. Casi espero que lo hagan”, escribió en un correo electrónico, señalando que no quería que la separaran de su madre. Si bien consideraba que el brote en Estados Unidos es mucho peor que en México, Rogers dudaba que México estuviera adecuadamente preparado.

Para hacer frente, ella está cocinando, blogueando, así como celebrando cenas virtuales y happy hours con amigos. Los posibles escenarios apocalípticos no la consumen.

“Parece que no tiene sentido enloquecer por eso”, dijo. “Estoy tratando de guardar mi respuesta emocional extrema para cuando pierdo a un ser querido o me quedo sin dinero”.

Sam Berkrot, un profesor de inglés de 23 años originario de Connecticut que se mudó a Ecuador en septiembre, recientemente tomó conciencia de la epidemia en la pequeña ciudad de Loja, donde el toque de queda comienza a las 14.00 hora local.

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El contrato de enseñanza dura por lo menos hasta julio, y su ventana para regresar a Estados Unidos se cerró hace unas dos semanas, dijo por teléfono, explicando que se sentía más seguro al quedarse.

“Estoy aquí junto a mi ventana en este momento y no he visto pasar un automóvil en horas”, comentó.

El tiempo de inactividad forzado lo ha hecho más dependiente de la socialización en línea. “Estuve haciendo Facetime y llamando a muchos de mis amigos a casa, pasando el rato, fingiendo estar en su sala de estar”, dijo, riendo.

Información adicional de David Alire en Ciudad de México y Sofía Menchú en Ciuad de Guatemala; editado por Diego Oré y Abraham González

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