December 10, 2019 / 10:55 AM / a month ago

Disparando a ciegas: la guerra afgana enfrenta a hermano contra hermano

KUNDUZ, Afganistán, 9 dic (Reuters) - A este desertor talibán de 19 años le atormenta el recuerdo del ataque a un puesto de control policial en el norte de Afganistán en agosto.

Un desertor talibán de 19 años esconde su rostro en la provincia de Kunduz, Afganistán 4 de diciembre de 2019. REUTERS/Stringer

La banda talibán de unos 20 combatientes comenzó su asalto a las 10 de la noche, según cuenta, y al amanecer los doce policías afganos estaban muertos.

Arrodillado en la arena empapada de sangre del búnker, mientras él y sus camaradas revisaban los cuerpos en busca de armas y municiones, el joven combatiente se quedó consternado ante un hallazgo inesperado: uno de los hombres muertos era su hermano mayor.

Dos meses después, huyó tras un ataque aéreo en el que murieron varios miembros de su banda. Ahora escondido en el distrito de Kunduz, con temor a las represalias de los talibanes por desertar, el joven y su padre contaron su desgarradora historia con la condición de que no se les identificara.

“Me enfrenté al momento más oscuro de mi vida al ver el cuerpo de mi hermano cubierto de sangre y polvo”, dice el exyihadista a Reuters, sentado en el interior de vehículo, con miedo visible en su cara mientras. “Durante un rato, la luz del día se convirtió en una noche oscura como si alguien me hubiera puesto una capucha negra en la cabeza.”

El padre de los hermanos dice que ofreció voluntariamente al niño menor para luchar con los talibanes después de que los guerrilleros se enteraran de que el hijo mayor estaba con la policía.

El Gobierno acusa a los talibanes de utilizar habitualmente esta táctica para intimidar a las familias, atrapadas en una guerra que ya dura 18 añosa.

“Los talibanes torturan e incluso matan a personas inocentes para obligarlas a unirse, sobre todo en zonas rurales remotas donde la gente no tiene otra opción”, dice Sediq Sediqqi, portavoz del Gobierno de Afganistán.

El grupo yihadista lo niega, aunque dice que presiona a las familias para que no se unan a los servicios de seguridad de un Gobierno que considera ilegítimo y títere de fuerzas extranjeras.

UN EQUILIBRIO DELICADO

La familia, al igual que muchas otras en la provincia septentrional de Kunduz, se gana la vida con la agricultura básica: trigo, arroz y judías mungo (vigna radiata). Para contribuir a la economía doméstica, el hermano mayor se alistó en la policía en 2006, según cuenta su padre.

Unos meses más tarde, según relata, representantes de los talibanes visitaron su casa de adobe para convencerlo de que tomara una decisión fatídica: o bien hacía que su hijo mayor abandonara la policía, o bien ofrecía voluntariamente a uno de sus otros siete hijos para que se uniera a los insurgentes.

“Fue una decisión difícil para toda la familia, pero no tuvimos otra opción: los talibanes nos estaban extorsionando”, dice, con cierto tono de resignación en la voz. “Nos cortaron el acceso al agua para nuestras cosechas.”

El padre sabía el impacto que su decisión podría tener.

“Tener un hijo en la policía y entregar el otro a los talibanes significa decirles que se maten entre ellos”, dice.

Los talibanes controlan más territorio que en ningún otro momento desde que las fuerzas de la coalición lideradas por Estados Unidos los expulsaron del poder en 2001. Como resultado de estos avances se está produciendo una fricción creciente con población afgana que ha vivido en zonas antes controladas por el Gobierno, según los expertos.

“Los talibanes no son extraterrestres: son parte innegable de la sociedad afgana”, dice Atiqullah Amarkhel, un exgeneral que sirvió en el ejército afgano entre 1960 y 2009.

“Muchas familias de miembros de las fuerzas de seguridad afganas viven en zonas rurales y la mayoría de estas zonas están completamente controladas o muy influenciadas por los talibanes”.

Por todo el país hay historias similares.

Hikmatullah, un sargento del ejército afgano de la provincia oriental de Nangarhar, dice que los talibanes encarcelaron a uno de sus hermanos menores después de que él se uniera a las fuerzas de seguridad. Finalmente lo liberaron, pero después de consultar con su padre, su hermano también se unió al grupo armado.

“Esta decisión no fue su elección ni su deseo, sino que se vio obligado, de hecho, toda la familia se vio obligada porque estábamos hartos de la tortura diaria”, dice Hikmatullah.

“Cada vez que me enfrento a los talibanes, siento que mi hermano está de pie frente a mí y yo le estoy disparando.”

Zabihullah Mujahid, un portavoz talibán, negó que hayan obligado a la gente a unirse.

“A veces obligamos a esas familias a no servir en primera línea con la policía o el ejército afganos, porque no queremos que pierdan sus preciadas vidas”, dijo. “Unirse a nosotros es una elección personal.”

El excombatiente talibán estaba profundamente afectado por la muerte de su hermano en el asalto. En octubre, después de que un ataque aéreo afgano matara a cinco de sus camaradas en los talibanes, huyó.

Ahora vive lejos de la tierra de la familia con la familia de su padre y su hermano.

“Cada vez que miro a los tres hijos de mi difunto hermano, me siento culpable, como si yo fuera su asesino”, dijo. “No me lo perdono.”

información adicional de Sardar Razmal en Kunduz y Ahmad Sultan en Nangarhar; escrito por Alasdair Pal; traducido por Tomás Cobos en la redacción de Madrid

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