November 16, 2019 / 10:32 AM / 25 days ago

A FONDO -El predicador que envió yihadistas a las escuelas de Burkina Faso

FAUBE, Burkina Faso, 13 nov (Reuters) - Cuando un predicador islamista emprendió la lucha en las tierras fronterizas del norte de Burkina Faso hace casi una década, su única arma era una emisora de radio.

FOTO DE ARCHIVO: Protestantes desplazados, que huyeron de Dablo y sus alrededores, asisten a una misa en la ciudad de Kaya, Burkina Faso, el 16 de mayo de 2019. REUTERS/Anne Mimault

Las palabras que pronunciaba encendieron la ira de una frustrada población y contribuyeron a convertir sus hogares en un caldo de cultivo para la yihad.

Los residentes de esta árida región del Sahel -una vasta franja de matorrales espinosos bajo el desierto del Sáhara- recuerdan haber aplaudido a Ibrahim “Malam” Dicko mientras denunciaba al Gobierno de su país, respaldado por Occidente, y las corruptelas policiales por las ondas de radio.

“Comprendió nuestra ira. Le dio a la juventud fulani una nueva confianza”, dijo Adama Kone, un maestro de 32 años de edad de la ciudad de Djibo, cerca de la frontera con Mali, que fue uno de los que se sintió entusiasmado por las palabras de Dicko.

La mayoría de los pastores, jóvenes como Kone de la población fulani, se sentían oprimidos por agricultores más prósperos, a quienes, en su opinión, el Gobierno de Uagadugú favorecía. El predicador explotó con éxito los conflictos generados por la disminución de los recursos de tierra y agua, y las frustraciones de la gente indignada por un Gobierno corrupto e ineficaz, para poner en marcha el primer movimiento yihadista originario en el país. Esto abrió el camino a los grupos afiliados a Al Qaeda y al Estado islámico.

Desde las primeras emisiones de Dicko, Burkina Faso se ha convertido en el centro de una enérgica campaña yihadista por parte de tres de los grupos armados más peligrosos de África Occidental, que han extendido su influencia a casi una tercera parte del país, mientras gran parte del mundo se ha concentrado en la crisis de la vecina Mali. Los combatientes islamistas cierran escuelas, matan a tiros a los cristianos en sus lugares de culto y colocan explosivos en los cadáveres para atentar contra los servicios de emergencia o militares que acudan al rescate. Al menos 39 personas murieron la semana pasada en una emboscada en un convoy que transportaba trabajadores de una mina de propiedad canadiense en el país. Nadie ha reivindicado la emboscada, pero el modus operandi -un ataque con bomba contra escoltas militares seguido de hombres armados disparando balas- era característico de los grupos islamistas.

Desde 2016, la violencia ha causado la muerte de más de 1.000 personas y ha desplazado a casi 500.000, la mayoría de ellas este año.

Hasta el mes de octubre, en 2019 habían muerto por lo menos 755 personas en actos de violencia en los que participaron grupos yihadistas en Burkina Faso, según el análisis de Reuters de los actos de violencia política registrados por el Proyecto de Datos de Localización y Eventos de Conflictos Armados, una organización no gubernamental. Es probable que las cifras reales sean más altas: los investigadores no siempre son capaces de identificar a las personas involucradas en la violencia.

El maestro Kone es uno de los muchos antiguos partidarios de Dicko que lamentan su entusiasmo anterior.

“Les dimos los micrófonos de nuestras mezquitas”, dijo. “Cuando nos dimos cuenta de lo que estaban tramando, ya era demasiado tarde.”

Huyó a Uagadugú hace dos años, después de que islamistas armados se presentaran en su escuela. Más de 2.000 escuelas han cerrado debido a la violencia, dijo en agosto el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

UN CANAL LOCAL

Malam Dicko, un fulani del norte delgado y con gafas, transmitía un mensaje de igualdad y modestia. Se dice que murió de una enfermedad a finales de 2017, pero sus sermones canalizaron los profundos agravios del norte de Burkina Faso, donde la empobrecida población ha sufrido durante mucho tiempo la corrupción en la Administración.

La provincia de Burkina Faso septentrional donde vivía Dicko obtiene una puntuación de 2,7 en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, frente a 6 en la zona de Uagadugú, la capital. Alrededor del 40% de sus niños sufren de desnutrición, frente a sólo el 6% en la capital, según la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

De Uagadugú a Djibo hay un trayecto de cuatro horas en coche por una carretera que se convierte en una pista de arena. Los pueblos dispersos salpican un paisaje de arena y árboles marchitos. Las cabras devoran rastrojos de hierba.

Los residentes se quejan de que sus pocas interacciones con el Estado suelen ser depredadoras: burócratas que exigen dinero para emitir escrituras de propiedad de las casas, pero luego nunca entregan los documentos; gendarmes que cobran hasta 40 dólares para retirar una denuncia; hay impuestos misteriosos y extorsión en los controles de carretera de la policía. El teniente coronel Kanou Coulibaly, comandante de un escuadrón de la policía militar y jefe de formación de las fuerzas armadas de Burkina Faso, reconoció que los norteños “se sienten marginados y abandonados por el gobierno central”.

Alrededor de 2010, el predicador Dicko, que había estudiado en Arabia Saudí en la década de 1980, comenzó a aprovechar este descontento, según recuerdan Kone y otros antiguos residentes de Djibo. Denunció la corrupción de los líderes religiosos tradicionales y las prácticas que consideraba no islámicas, incluidas las lujosas bodas y ceremonias para dar nombres.

El movimiento que creó, Ansarul Islam (Defensores del Islam), abrió un camino a combatientes de fuera de Burkina Faso, en particular de Mali.

A principios de 2013, las fuerzas francesas estaban concentrándose en el norte de Mali para arrebatar el control a los combatientes vinculados a Al Qaeda que se habían apoderado de la región el año anterior. Dicko cruzó la frontera para unirse a los milicianos, según Oumarou Ibrahim, un predicador sufí que conocía a Dicko y era cercano al número 2 en su movimiento, Amadou Boly.

En Mali, según Ibrahim, Dicko se unió a Amadou Koufa, otro fulani cuyas fuerzas han llevado la agitación al centro de Mali en los últimos años. Las fuerzas francesas detuvieron a Dicko cerca de la frontera con Argelia; fue liberado en 2015.

Estableció su propio campamento de entrenamiento en un bosque a lo largo de la frontera Mali-Burkina, según explicaron a Reuters Kone, el maestro, e Ibrahim, el predicador sufí.

Dicko forjó vínculos con un grupo de bandidos armados malienses que controlaban las rutas de comercio de drogas y ganado.

Ese año, en la radio, exhortó a los jóvenes a que lo apoyaran, “incluso a costa de derramar sangre”.

“BLANCOS Y COLONIZADORES”

Durante algunos años, el presidente de Burkina Faso, Blaise Compaore, había logrado mantener buenas relaciones con los islamistas de Mali. Pero en 2014, trató de cambiar la constitución para extender su Gobierno de 27 años. Los residentes de la capital lo expulsaron del poder.

Sin Compaore, Burkina Faso se convirtió en un objetivo. Apenas dos semanas después del inicio de una nueva presidencia, en enero de 2016, un ataque contra el hotel Splendid y un restaurante en Uagadugú provocó la muerte de 30 personas. Fue reivindicado por combatientes vinculados a Al Qaeda con base en el norte de Mali.

Dicko se volvió aún más radical después de eso: rompió con sus socios, incluyendo su número 2, Boly.

Ibrahim, el predicador sufí, dijo que Boly llegó a su casa en la aldea de Belhoro en noviembre de 2016, agitado porque Dicko le había ordenado recaudar fondos para pagar los rifles AK-47 y los lanzagranadas de Mali.

Boly se negó. Dicko le amenazó, según Ibrahim. Le dijo a Boly que o estaba con él, “o con los blancos y los colonizadores”.

Dos semanas después, unos hombres armados asesinaron a Boly frente a su casa de Djibo. Ibrahim dijo que huyó de su propia aldea al día siguiente.

El maestro Kone, cuya casa estaba al final de la calle, dice que escuchó los disparos ese día. A continuación se produjo una oleada de asesinatos. Los milicianos asesinaron a funcionarios públicos, volaron puestos de seguridad y ejecutaron a maestros de escuela.

Un día de mayo de 2017, Kone llegaba tarde a la escuela cuando recibió una llamada telefónica de un colega. Hombres armados del movimiento de Dicko habían venido a preguntar por él.

Cerró la escuela y se dirigió a Uagadugú.

TRAMPAS

Ahora encabezado por el hermano de Dicko, Jafar, Ansarul Islam entró en la lista de terroristas mundiales de Estados Unidos en febrero de 2018. Esta agencia no pudo ponerse en contacto con ninguno de sus líderes.

El grupo todavía controla gran parte de las zonas fronterizas del norte de Burkina Faso, pero otros dos grupos también han establecido su presencia en las fronteras del país, según el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. En el Gran Sahara, El Estado islámico domina el territorio a lo largo de la frontera oriental con Níger. Y el Frente de Liberación Macina de Koufa, que está estrechamente alineado con Al Qaeda, está activo en la frontera occidental con Mali.

Estas esferas de influencia pueden ser vagas: se cree que los combatientes de los tres movimientos cooperan entre sí y con grupos de bandidos.

Sus ataques -incluidos el secuestro y asesinato de un ciudadano canadiense en enero, reivindicado por el Estado Islámico- se están volviendo más brutales. En un caso en marzo, un agente de seguridad burkinés dijo a Reuters que los milicianos cosieron una bomba dentro de un cadáver y lo vistieron con un uniforme del ejército, lo que supuso la muerte de dos médicos con esta técnica, utilizada por los combatientes malienses.

Los recientes ataques a las iglesias han causado la muerte de unas 20 personas, y un sacerdote fue secuestrado en marzo.

La Unión Europea y sus Estados miembros han comprometido 8.000 millones de euros (9.000 millones de dólares) en seis años para combatir la pobreza en la región, pero hasta ahora las respuestas de Uagadugú y Occidente han sido predominantemente militares.

Naciones Unidas ha gastado mil millones de dólares al año desde 2014 en una fuerza de mantenimiento de la paz de 15.000 efectivos en Mali. Casi 200 miembros han sido asesinados, lo que constituye su misión más letal hasta el momento.

Francia tiene 4.500 soldados estacionados en toda la región. Estados Unidos ha establecido bases de aviones teledirigidos, ha realizado ejercicios de entrenamiento anuales y ha enviado 800 soldados a los desiertos de Níger. Lideradas por Francia, las potencias occidentales han proporcionado financiación y formación a una fuerza regional antiterrorista conocida como G5 Sahel, compuesta por soldados de Mali, Níger, Burkina Faso, Chad y Mauritania.

A pesar de todo esto, la violencia islamista se ha extendido a lugares que antes no había alcanzado, al intensificarse las tensiones como las que primero despertaron el apoyo a Dicko.

“Tienes una solución absolutamente militarizada a un problema que es absolutamente político”, dijo Rinaldo Depagne, director de proyectos para África Occidental de International Crisis Group, un grupo de expertos independiente. “La respuesta de seguridad no aborda estos problemas.”

CICLO DE ABUSOS

El hecho de que un gran número de reclutas sean fulani ha provocado una reacción violenta por parte de otros grupos étnicos, y los que han huido del norte de Burkina Faso dicen que tenían poca protección.

Una mujer dice que hombres armados en motocicletas atacaron su pueblo, Biguelel, en diciembre pasado. Los hombres acusaron a su familia de conspirar con los “terroristas” simplemente porque eran fulani. Incendiaron su casa y mataron a su marido y a varias decenas, pero ella escapó.

Al día siguiente, la mujer, Mariam Dicko, y otras 40 personas más fueron a un puesto de la policía militar en la cercana ciudad de Yirgou. “Dijeron que ya había terminado, así que no pudieron ayudarnos”, dice Dicko, que tiene un apellido común en el país.

Kanou, el comandante de la policía militar, reconoció que a veces las tropas no estaban presentes cuando se necesitaban. “Pero cuando hasta las patrullas están siendo atacadas, es más difícil”, añadió. “Tenemos que tomar medidas para protegernos.”

A medida que las fuerzas occidentales dependen cada vez más de sus socios del Sahel, los grupos de defensa de los derechos y los residentes dicen que a veces pasan por alto los abusos cometidos por la población local. Cuatro testigos describieron a Reuters ejecuciones sumarias de presuntos insurgentes durante operaciones de registro. Entre ellos, un incidente en la aldea de Belhoro el 3 de febrero, en el que las fuerzas de seguridad ordenaron que nueve hombres salieran de sus casas y los mataron a tiros, según dos mujeres que vieron los asesinatos.

Human Rights Watch, con sede en Nueva York, documentó 19 incidentes de este tipo en un informe de marzo, durante el cual dice que 116 hombres y niños fueron capturados y asesinados por las fuerzas de seguridad. El Gobierno dijo que el ejército está comprometido con los derechos humanos y está investigando las acusaciones. “En nuestra lucha habrá necesariamente víctimas inocentes, no porque queramos, sino porque estamos en una zona difícil”, dijo Kanou. El embajador de Estados Unidos Andrew Young dijo que Estados Unidos se hace cargo de cualquier “error” con el gobierno.

En noviembre de 2018, las fuerzas de Burkina Faso allanaron la casa de un técnico de laboratorio de la aldea en una clínica de Djibo, acusando a su padre de 60 años de edad de ser un terrorista, dijeron a Reuters dos amigos suyos.

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Mataron al padre delante de su hijo.

La semana siguiente, el técnico, Jibril Dicko, no se presentó a trabajar. Su teléfono no daba señal.

Los vecinos dijeron que había ido a unirse a la yihad.

Información adicional de Ryan McNeill en Londres y Thiam Ndaga en Ouagadougou; traducido por Tomás Cobos en la redacción de Madrid

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