November 5, 2019 / 1:01 PM / a month ago

La UE puede darse el lujo de ser dura en impuestos fronterizos al CO2

La presidenta entrante de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, habla durante una conferencia de prensa en la sede de la Comisión Europea en Bruselas, Bélgica, el 10 de septiembre de 2019. REUTERS/Yves Herman

LONDRES, 5 nov (Reuters Breakingviews) - Es posible que la gran idea fiscal de Ursula von der Leyen parezca condenada al fracaso. La presidenta entrante de la Comisión Europea quiere gravar con el mismo impuesto las emisiones de CO2 de las importaciones que las de los productos fabricados en el mercado único. Es probable que esto caiga como una bomba entre los grandes socios comerciales como Estados Unidos y China.

    Los oponentes de los llamados Ajustes Fronterizos de Carbono (BCA por sus siglas en inglés) tienen varias líneas de ataque. En la práctica, la atribución de emisiones específicas a cada bien importado es una receta para el caos burocrático. Legalmente, las normas de la Organización Mundial del Comercio desaconsejan los aranceles discriminatorios. Desde el punto de vista político, las BCA podrían empeorar la lucha arancelaria del año pasado entre Europa y Estados Unidos. Simone Tagliapietra, investigador del grupo de expertos Bruegel, sostiene que una prioridad más urgente es que las subvenciones de la Unión Europea alienten a los exportadores europeos a ser más limpios.

    Por último, hay un precedente desalentador. A principios de esta década, la resistencia política mundial obligó a la UE a abandonar la ampliación de su régimen de negociación de derechos de emisión al transporte aéreo internacional.

    Sin embargo, por cada aspecto negativo, hay un argumento positivo. En la práctica, la cuota del 17 % del comercio mundial de bienes y servicios de la UE en 2018 le da un gran peso. Por ejemplo, las llamadas normas REACH de la UE sobre sustancias químicas potencialmente peligrosas se han convertido de hecho en una norma casi mundial.

    En aras de la simplicidad, la BCA podría limitarse a los sectores intensivos en dióxido de carbono, como la producción de cemento y acero, que, según la Agencia Internacional de la Energía, constituyen la mitad de las ocho gigatoneladas de emisiones industriales de CO2. Los Gobiernos ya tienen una buena idea de cuánto dióxido de carbono emiten estos sectores, lo que proporciona una base para determinar un gravamen justo.

    Legalmente, si bien las normas de la OMC impiden un trato diferenciado contra las importaciones, no hay nada que prohíba una imposición diferenciada en los distintos sectores. Además, los motivos ecológicos pueden justificar algunos tipos de tratamiento especial.

    Los “lobbies” estadounidenses seguirán afilando sus garras. Pero los efectos cada vez más obvios del cambio climático podrían quitar peso a la presión política en la próxima década. Y otra promesa de Von der Leyen, la de aplicar una mayor reducción en las emisiones de CO2 de la propia UE para 2030, no significará gran cosa a menos que Europa iguale el terreno de juego para sus empresas.

    En esencia, necesita persuadir al mundo de que los BCA son justos, no excesivamente onerosos, y de que en realidad no son un arancel. No será tarea fácil, pero la dirección del mundo en el tema del cambio climático está trabajando a su favor.

(El autor es columnista de Reuters Breakingviews. Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad exclusiva de su autor)

Editado por Edward Hadas, Oliver Taslic y Karen Kwok, traducido por Tomás Cobos en la redacción de Madrid

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