June 28, 2018 / 7:27 AM / 4 months ago

La angustia de centroamericanos deportados en EEUU por la separación con sus hijos

CHOLOMA, Honduras (Reuters) - Antes de ser deportado con grilletes la semana pasada, los agentes de inmigración de Estados Unidos entregaron al hondureño solicitante de asilo, Melvin García, sus pocas pertenencias y una pequeña cartera azul que pertenecía a Daylin, la hija de 12 años de la que le habían separado.

El Río Grande, una de las fronteras entre México y EEUU visto desde Brownsville, Texas, 23 de junio de 2018. REUTERS/Loren Elliott

Sin saber cuándo volvería a verla, después de que se le prohibiera la entrada a Estados Unidos por su orden de deportación, García, de 37 años, es uno de los muchos padres devueltos a sus países de origen sin sus hijos bajo la iniciativa del gobierno del presidente Donald Trump.

Frustrado Trump con que los inmigrantes y solicitantes de asilo de Centroamérica fueran liberados en EE.UU hasta ser citados por las audiencias judiciales, implementó en abril una política de “cero tolerancia” para llevar a juicio a todos los adultos que crucen ilegalmente la frontera entre México y Estados Unidos, incluyendo a aquellos que viajen con niños. Algo que incrementó dramáticamente la cifra de familias separadas en la frontera.

Horas después de regresar a Honduras sin su hija el 21 de junio, García se desplomó en una choza localizada en una zona de la ciudad de Choloma controlada por Barrio 18, una de las dos pandillas cuyas amenazas de muerte que, dijo, hicieron que tuviera que huir en marzo con Daylin.

Sin dejar de torturarse con que puede que no vuelva a ver a Daylin en años, García se aferró a la cartera de la niña. Cada vez que recordaba su búsqueda desesperada mientras estaba detenido en Estados Unidos, rompía a llorar.

Trump echó para atrás esta política la semana pasada y ordenó poner fin a las separaciones familiares. Pero el Gobierno aún tenía 2.047 niños bajo su custodia el martes, dijo el secretario de Salud y Servicios Humanos, Alex Azar, a una comisión del senado estadounidense, y agregó que reunirlos sería difícil.

Y aunque un juez federal dictaminó el martes que el Gobierno debe reunir a las familias que fueron separadas tras cruzar la frontera con Estados Unidos, los abogados de inmigración advirtieron de que la situación es aún más complicada para los padres que ya han sido devueltos a sus países de origen sin sus hijos.

“No hay una estructura establecida, no hay una estructura legal para reunir realmente a los padres que ya han sido deportados”, dijo Jenna Gilbert, abogada gerente del capítulo Los Ángeles de la organización legal de derechos humanos Human Rights First.

Reuters habló con al menos seis migrantes centroamericanos la semana pasada que fueron enviados a sus países en vuelos de deportación mientras sus hijos permanecían en albergues de Estados Unidos, o, como en el caso de García, bajo la custodia de personas de acogida.

La orden de deportación de García, emitida por un juez de inmigración de Houston el 23 de mayo y leída por Reuters, no hasta cuándo tiene prohibida la entrada a Estados Unidos. Pero el Departamento de Justicia estadounidense ha dicho que las personas deportadas en casos como este suelen tener una prohibición de cinco años.

BAJO LA AMENAZA DE UN ARMA

Después de que su esposa y otros dos hijos se marcharan a Estados Unidos hace tres años, García dijo que Daylin se convirtió en su mundo entero.

Antes de buscar asilo en Estados Unidos, García había trabajado como conductor de un autobús en uno de los países más violentos de América. Dijo son muchos los compañeros suyos a los que han disparado mortalmente en las rutas de autobuses por no pagar el “impuesto de guerra” que cobra Barrio 18 y su rival Mara Salvatrucha, o pandilla MS-13.

Huyó con Daylin después de que alguien le pusiera un arma en la cabeza.

Cuando solicitó asilo en el puerto de entrada a McAllen, Texas, el 24 de marzo, García dijo que le mostró a las autoridades estadounidenses la prueba del parentesco con Daylin y los recortes de noticias de los conductores asesinados para respaldar su solicitud de asilo.

No tenía antecedentes penales, dijo, mostrando a Reuters un documento de la policía hondureña que acredita su historial limpio. Pero la actitud de los funcionarios estadounidenses lo dejó atónito. “Me preguntaron si estaba embarazada (...) Una niña de 12 años”.

García dijo que los funcionarios de inmigración se llevaron a Daylin tras compartir un día juntos en la “nevera”, celdas de retención descritas a Reuters por decenas de inmigrantes como permanentemente iluminadas y sin camas, acondicionadas con aire frío.

Ambos había asumido que la separación era temporal, por lo que nunca se despidieron realmente.

Cuando vio que Daylin no regresaba, rogó por que le dieran noticias mientras lo trasladaban de un centro de detención a otro durante los siguientes dos meses. Las autoridades sólo le dijeron que la habían llevado a otra parte. “No me dijeron nada, y yo no sabía nada de ella. No tenía comunicación, intenté comunicarme por escrito muchas veces”.

Finalmente, García dijo que recibió una nota escueta, escrita a mano, firmada por un funcionario estadounidense, que decía: “Su hija está detenida en un centro de menores al sur de Texas, a la espera de una cita con el tribunal”.

Un mes después, aproximadamente, García se enteró de que Daylin había sido entregada a su madre en Los Ángeles. Saber que estaba segura le trajo un alivio fugaz, dijo García, justo antes de conocer la noticia de que sería deportado y de que le rondaran preguntas sin respuesta sobre si se reuniría o no con su familia.

En un comunicado, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos confirmó los detalles del caso de García y dijo que había sido deportado previamente hace 13 años.

Reuters no pudo contactar con Daylin o con su madre, con domicilio en Los Ángeles.

De vuelta en Honduras, García contempló el vacío que tenía enfrente. Manejar un autobús nuevamente podría ser una sentencia de muerte. Un amigo sugirió que emigrara a Canadá. “¿Pero cómo?” dijo, apretando la cartera azul.

“SERES HUMANOS”

Un día después de que García regresara a su complicado país , un hombre llegó en otro vuelo de deportación en San Pedro Sula, Honduras, y cayó al suelo en una estación de autobuses, llorando.

José Guardado, un agricultor de 42 años, dijo que no podía soportar regresar sin su hijo de 14 años, Nixon, que permanece en algún lugar de detención en Estados Unidos.

“Si tan solo hubiera cruzado a las cuatro de la tarde, no a las seis”, dijo Guardado, recordando el duro calvario de inmigración que sufrió mientras esperaba a coger un autobús hasta su aldea El Edén.

Deseó que hubiera cruzado con su hijo la frontera de México con Estados Unidos por un puerto de entrada oficial el 13 de junio, dijo, pero explicó que no lo hizo porque le dijeron que estaba cerrado ese día.

Por eso, esa noche siguió a un guía en medio de una tormenta para cruzar el Río Grande, siendo capturado después por agentes de la Patrulla Fronteriza estadounidense y separado, por tanto, de su hijo.

Antes de ser deportado, Guardado dijo que las autoridades le dieron un trozo de papel con una número de teléfono para niños desaparecidos. Nadie respondió a ese número de teléfono, dijo.

Reporte de Delphine Schrank, con reporte adicional de Nelson Rentería en San Salvador. Traducido por Sharay Angulo. Editado por Carlos Aliaga

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