May 6, 2018 / 8:50 AM / in 5 months

Entre pandillas y detenciones: el dilema del inmigrante en la frontera con EEUU

TIJUANA, México (Reuters) - Después de que Willians Bonilla huyera de las amenazas de una pandilla callejera en Honduras hace dos años para buscar asilo en Estados Unidos, pasó siete meses detenido solo para ser deportado a su tierra natal en Centroamérica y enfrentarse de nuevo a sus atacantes.

Miembros de una caravana de inmigrantes centroamericanos guardan cola para entrar en la frontera de EEUU donde se prevé que pidan asilo, en Tijuana, México, el 4 de mayo d 2018. REUTERS/Edgard Garrido

Por eso el pintor de automóviles de 26 años regresó rápidamente a la frontera con Estados Unidos, ahora con su esposa y su hijo de dos años. Cruzaron Guatemala hasta el sur de México y luego, en una caravana improvisada y criticada implacablemente por el presidente estadounidense Donald Trump, recorrieron 2.000 millas al norte hacia Tijuana.

La mayor parte de los componentes de la caravana son de El Salvador, Guatemala y Honduras y, como Bonilla, se enfrentan a una situación difícil. Huyendo de la violencia de las pandillas, la agitación política y los problemas eonómicos buscan refugio en Estados Unidos, pero con poca certeza de que tendrán una bienvenida, especialmente en la época de Trump.

Las posibilidades de que se le otorgue asilo son escasas. Muchos podrían afrontar largas detenciones y ser separados de sus familias mientras esperan audiencias judiciales que podrían terminar con órdenes de deportación.

Bonilla no desea ahora luchar por el asilo, no está dispuesto a soportar nuevamente las privaciones de la detención estadounidense y la tortuosa espera de un juicio ante un juez de inmigración, solo para ser rechazado y devuelto al letal atolladero del que ha huido dos veces.

En cambio, la familia decidió que su esposa e hijo solicitaran asilo pensando que tenían mejores oportunidades debido a su vulnerabilidad y al hecho de que ya tenían familiares en Estados Unidos. Agudo e ingenioso, Bonilla - quien soñaba con estudiar arte pero se convirtió en un pintor de coches- dijo que su decisión fue difícil.

“Ella ya sabe los problemas que se vive”, dijo Bonilla de su esposa, quien ha vivido en la zona más terrible de Honduras, pero incluso esa experiencia podría no suavizar el impacto de llegar a Estados Unidos. “Ellos no tienen idea de lo que se vive del otro lado”.

Su mirada se estristeció cuando recordó el encarcelamiento primero en una instalación administrada por el gobierno de Texas, que él recordó como “bien”, y luego en el privado Centro de Detenciones Stewart en Lumpkin, Georgia, que llamó “un sumidero”.

LÍNEA DURA

Trump ha hecho de su postura de línea dura en materia de inmigración una parte integral de su presidencia y ha abogado por un muro a lo largo de la frontera con Estados Unidos y México para frenar el flujo de inmigrantes.

Sin embargo, aproximadamente 5.000 hondureños, guatemaltecos y salvadoreños recibieron entrevistas cada mes en 2017, el primer paso para solicitar asilo, de acuerdo con los datos más recientes de Estados Unidos.

Al menos 140 inmigrantes de la caravana planean solicitar asilo. Las autoridades de Estados Unidos permitieron el acceso de unos pocos a la vez desde el lunes, en su mayoría mujeres y niños, a través del puerto de entrada de San Ysidro a California, y gran parte del grupo acampó cerca del cruce esperando la entrada.

Cuando Bonilla intento pedir asilo en 2016, el personal fronterizo estadounidense le preguntó si tenía miedo de regresar a su hogar, una pregunta obligatoria para las personas que llegaron indocumentadas a los puestos de entrada de Estados Unidos durante los primeros días de detención. Él respondió “sí”.

Ese “sí” desencadenó el proceso de asilo, que implica una entrevista para evaluar el “miedo creíble” de un solicitante y una fecha en la corte para una resolución sobre el asilo o la deportación semanas, meses o incluso años después.

El hombre fue transferido a la custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés), primero en Texas y luego en el centro de detención de Georgia propiedad de CoreCivic

“¡Ay ay!” dijo, mientras recordaba las instalaciones de Georgia. Dijo que la comida era apenas comestible. Los guardias, dijo, eran racistas y rompieron cartas que los detenidos escribieron, incluida una que esperaba enviar a un responsable estatal respecto a su caso.

En respuesta a las quejas en la instalación, el Departamento de Seguridad Nacional emitió un informe el año pasado que respaldaba lo dicho por Bonilla. Detallaba el uso cuestionable de la reclusión en régimen de aislamiento, el cuidado demorado de la salud, los baños dañados y sucios y la comida enmohecida.

“Los problemas identificados en el informe de diciembre se corrigieron de manera rápida y efectiva”, dijo el portavoz de CoreCivic, Steve Owen, y agregó que gran parte del equipo de liderazgo de las instalaciones come los mismos alimentos que los detenidos y que no estaba al tanto de las quejas de racismo o casos de correo no entregado.

“La Oficina de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos se compromete a garantizar que las personas que se encuentran bajo nuestra custodia residan en entornos seguros y humanos y en condiciones adecuadas de reclusión”, dijo la portavoz de ICE, Jennifer Elzea.

Al final, un juez rechazó la solicitud de asilo de Bonilla y lo enviaron a casa, donde dijo que la pandilla lo había acorralado nuevamente, esta vez atacando a su esposa.

Llevando fotos para documentar las palizas que sufrió, la esposa y el niño de Bonilla pueden pasar menos tiempo bajo custodia gracias a las normas que limitan la duración de la detención de mujeres y niños, así como a la escasez de camas en los centros de detención.

CASI UN MILAGRO

Otro miembro de la caravana, el compañero hondureño de Bonilla, José Cristóbal, dijo que también eligió permanecer en México, mientras que su pareja Yolanda Hieron Meras y su hijo de 15 años buscan asilo.

Cristóbal, un soldador de 48 años, dijo que la familia se fue de su hogar poco después de que su hijo recibiera dos amenazas de muerte de una pandilla, una en persona, y la segunda por escrito.

“No te dan más de dos oportunidades”, dijo.

El hondureño tuvo que contener las lágrimas mientras veía desaparecer a su compañera e hijo a través de la puerta de San Ysidro, el martes, para presentar una solicitud de asilo. Dijo que trataría de unirse legalmente a ellos un tiempo después en Estados Unidos, pero reconoció que las posibilidades son bajas.

El viaje desde Honduras fue difícil. La familia fue robada a los pocos minutos de llegar a México a través de Guatemala, dijo, perdiendo sus únicas posesiones valiosas: dos teléfonos y todo su efectivo.

No quiso buscar ayuda policial por miedo a ser deportado. Hizo algunos trabajos pequeños hasta que se golpeó el pulgar con un martillo y la herida se infectó.

La familia se topó con la caravana en la sureña ciudad mexicana de Tapachula, dijo Cristóbal. A partir de ahí, el 25 de marzo, comenzó su odisea de un mes hacia el norte. Lo vieron como una forma de llegar a la frontera de Estados Unidos con seguridad, ofertas esporádicas de transporte, comida y refugio.

La caravana, que alcanzó un máximo de 1.500 personas a principios de abril, había disminuido a unos pocos cientos en el momento en que llegó a Tijuna, una gran hazaña logística que había significado depender de los autobuses prestados y caminar durante horas.

Durante una larga etapa del viaje, la familia de Cristóbal tuvo que saltar a bordo de un tren de carga llamado “La Bestia” debido a las heridas que sufren los que corren para atraparlo, subirse al techo y aferrarse para salvar su vida.

Llegar a Tijuana les pareció casi un milagro.

MUCHAS RAZONES

Decenas de los miembros de caravanas describieron a Reuters que huían de condiciones espantosas que incluían violencia sexual, persecución política, economías con problemas y amenazas letales para ellos o para sus familiares en barrios con algunas de las tasas de asesinatos más altas del mundo.

Los migrantes que huyeron de las brutales bandas “Barrio 18” o de la Mara Salvatrucha MS-13 después de negarse a unirse a ellos, o pagar dinero de protección, dijeron que continuaron recibiendo amenazas en México. Al menos dos relataron que habían recibido mensajes de que los familiares en su hogar serían asesinados si no enviaban el pago.

Pero una vez que llegan a Estados Unidos, deben enfrentar el desafío de un sistema de inmigración atrapado entre ayudar o criminalizar a cientos de miles de centroamericanos que han enrado al país en la última década.

Los solicitantes de asilo deben demostrar temor a la persecución debido a su raza, religión, nacionalidad o pertenencia a un grupo social en particular. Las amenazas criminales o la violencia en sí mismas generalmente no se consideran motivo suficiente para el asilo.

El Gobierno de Trump ha citado un aumento de más de diez veces en las solicitudes de asilo en comparación con 2011, incluyendo un número creciente de familias y niños y un cambio hacia más centroamericanos como señales de que las personas están aprovechando fraudulentamente el sistema. Trump tiene como objetivo cambiar la ley para que sea más difícil pedir asilo.

Algunos abogados de inmigración dijeron que la implacable violencia criminal en América Central debería incitar a Estados Unidos a volver a evaluar el sistema de asilo.

“De muchas maneras, esos países parecen zonas de guerra”, dijo Bree Bernwanger, una abogada de asilo que trabaja en casos de Centroamérica.

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