9 de abril de 2012 / 15:32 / en 6 años

Del desliz a la gloria, el alcalde de Londres juega al despiste

LONDRES (Reuters) - Boris Johnson es único en su clase: un conservador que ha convertido la excentricidad de la clase alta inglesa en un activo político, en un país en el que ser pijo es una desventaja electoral.

Boris Johnson es único en su clase: un conservador que ha convertido la excentricidad de la clase alta inglesa en un activo político, en un país en el que ser pijo es una desventaja electoral. Imagen de Johnson posando en el exterior del The Strafford Friendship Club estando de campaña electoral en Isle of Dogs, en el este de Londres. Los comicios en la capital británica son el 3 de mayo. REUTERS/Ki Price

Reconocible al instante por su despeinado cabello rubio, el alcalde de Londres ha perfeccionado una marca personal basada en el talento cómico y un estilo afable y caótico que oculta un núcleo duro de ambición y confianza en sí mismo.

El poder de su marca es tal que su nombre ha entrado en el vocabulario nacional. El servicio de bicicletas de alquiler que lanzó en Londres se conoce como “bicis de Boris” y su apoyo a la construcción de un nuevo aeropuerto en el estuario del Támesis llevó a una idea apodada de inmediato “isla Boris”.

Su poder mediático se ha hecho evidente en su campaña por la reelección, en la que atrae votantes que quieren hacerse fotos con él tanto en el acomodado barrio de Putney, en el oeste de Londres, como en la obrera Tower Hamlets, al este, o en el suburbio de Harrow, en el noroeste.

Aunque a mucha gente le cae bien, su imagen de hombre privilegiado no seduce a todos.

En 2008 fue elegido alcalde de Londres, y si en las elecciones del 3 de mayo logra un segundo mandato, los Juegos Olímpicos serán un escenario mundial para su talento natural para el espectáculo, con un humor que le ha ayudado a superar deslices y escándalos que habrían acabado con muchas carreras.

“ELVIS EN MARTE”

Alexander Boris de Pfeffel Johnson, por dar su nombre completo, coincidió con el primer ministro británico, David Cameron, en Eton, una de las escuelas privadas más exclusivas de Reino Unido, y en Oxford.

La conexión y supuesta rivalidad entre ambos ha sido objeto de escrutinio durante años en los círculos políticos, donde hay una especulación eterna sobre si Johnson querría suceder a Cameron en el puesto.

Johnson dijo una vez que es tan probable que él sea primer ministro como encontrar a Elvis en Marte, pero ahora que se acercan las elecciones locales no trata el tema. Como cualquier político en campaña, dice estar centrado completamente en el asunto más inmediato.

Para un hombre de elocuencia legendaria, es sorprendentemente poco concreto cuando se le pregunta qué le apasiona de ser alcalde o qué aporta a la tarea. Eso refleja una de sus tácticas preferidas: esconder su energía e inteligencia bajo una capa de vaguedades que hace que muchos le subestimen.

“Parece un bufón torpe, pero es un papel ensayado. Por debajo de eso sabe exactamente qué está haciendo y a dónde va”, dijo Steve Bell, influyente caricaturista política en el izquierdista diario The Guardian, que ha observado a Johnson durante años.

La afabilidad del alcalde esconde un fuerte carácter, aunque es improbable que los episodios en los que le da rienda suelta perjudiquen a un hombre que ha hecho de la personalidad su principal activo.

“Tiene la enorme suerte de que algunos, si no todos, de sus errores, se tomen como prueba de autenticidad”, dijo Tony Travers, experto político en la London School of Economics, que le describe como “conservador moderno mayoritario”.

En el cargo, Johnson ha sido más pragmático que ideólogo. Reclama éxitos en recorte de gastos, reducción de delincuencia, inversión en infraestructuras y el cambio de los impopulares autobuses oruga en favor de un modelo más seguro y ecológico.

Sus opositores cuestionan las cifras de delincuencia y le acusan de grandes subidas en el precio del transporte público. También se le acusa de gastar dinero público en proyectos personales como las bicis de Boris, el nuevo autobús y un plan de teleférico sobre el Támesis.

Ha compensado con desparpajo reveses como noticias sobre sus infidelidades o los disturbios de Londres en agosto de 2011, a los que reaccionó despacio primero pero que luego contrarrestó empuñando una escoba ante las cámaras como liderando la limpieza tras los saqueos.

Matthew Parris, columnista que trabajó para la revista The Spectator cuando Johnson era editor, señaló que hay una pequeña posibilidad de que llegue algún día a Downing Street. La cuestión es qué haría si llega allí.

“No sé qué cambios querría hacer a Reino Unido (...), y a menos que sepa eso y pueda explicárselo a la gente, podrías llevarte la impresión de un intérprete muy capaz sin ninguna idea política fuerte”.

/Por Estelle Shirbon/

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