July 4, 2020 / 8:14 AM / a month ago

BREAKINGVIEWS-Reseña: Las despiadadas raíces del capitalismo de la cafeína

LONDRES, 3 jul (Reuters Breakingviews) - El autor británico Tim Marshall escribió una vez que África está “igualmente maldita y bendecida por sus recursos: bendecida en la medida en que tiene riquezas naturales en abundancia, pero maldita porque los extranjeros la han saqueado durante mucho tiempo”. El libro “Coffeeland” de Augustine Sedgewick describe la dudosa bendición de El Salvador: el suelo fértil de las laderas del volcán de Santa Ana, en el oeste del país centroamericano. Los problemas que plantea su dependencia de los abundantes y tremendamente fértiles cafetales recuerdan a los que enfrentan hoy en día muchas naciones africanas.

FOTO DE ARCHIVO: Un hombre sostiene en la palma de su mano un puñado de granos de café de La Bendición procedentes de Nicaragua en Irving Farm, en Manhattan, ciudad de Nueva York, Estados Unidos, el 23 de septiembre de 2014.

“Coffeeland” se centra en James Hill, un viajante de textiles que llegó a El Salvador a finales del siglo XIX procedente de Manchester. En esa época, la ciudad del norte de Inglaterra y sus pueblos vecinos albergaban los molinos algodoneros más productivos del mundo. Hill quería aplicar las innovaciones de la Revolución Industrial a la economía rural salvadoreña. En la segunda mitad del siglo XX, el café representaba más del 90% de las exportaciones de El Salvador, y los Hills estaban entre las “Catorce Familias” que dominaban la política y la economía del país.

Una de las innovaciones de Hill fue pagar al menos parte del salario a sus trabajadores en alimentos. Esto no habría funcionado en los miles de años anteriores al auge del café, cuando los salvadoreños tendían a alimentarse cultivando tierras comunales. Pero tras los agresivos programas de privatización de la tierra, muchos locales se vieron obligados a trabajar en las plantaciones de café para sobrevivir. Incluso entonces, los terratenientes se encargaron de aniquilar cualquier fruto que osara crecer junto al café, como aguacates, papayas o higos.

Hill es presentado a menudo como un villano de una novela de Charles Dickens. Pero “Coffeeland” no trata sólo sobre su figura. Sedgewick tiene un don para hacer digresiones convincentes y cualquiera que esté remotamente interesado en la historia de la bebida con cafeína, incluido el advenimiento de la ahora omnipresente “pausa del café”, encontrará en el libro una lectura apasionante. Capítulos cortos y saltos repentinos a través de la geografía, el tiempo y los temas dan gancho a la historia, aunque los lectores quizá se pregunten por la necesidad de un capítulo dedicado a la energía como concepto científico. 

Uno de los problemas de un país que depende enormemente del café es que dispone de poco espacio para la innovación. El riesgo de que los competidores lo desbanquen añade presión sobre los propietarios de las plantaciones para que reduzcan los costes, lo que degenera en división social y disturbios. Durante la década de 1980, El Salvador sufrió una guerra civil financiada en parte por los secuestros de terratenientes ricos, entre ellos uno de los descendientes de Hill. En las décadas anteriores, el país estuvo gobernado por una dictadura militar cuyo hecho más representativo quizá sea la conocida como “la Matanza” de 1932, que siguió a un levantamiento de la clase obrera. Este tipo de conflictos apenas tenían presencia en el país antes del auge del café. Aunque era una pequeña nación sin costa atlántica, “la otra cara de la moneda del aislamiento comercial del país era la igualdad económica”, escribe Sedgewick. Los viajeros europeos del siglo XIX observaron la “ausencia de cualquier rastro de pobreza extrema”.

Los desafíos a los que se enfrenta El Salvador recuerdan a los de muchas naciones africanas, que también dependen económicamente de sus riquezas naturales. Tras siglos de explotación colonial seguidos de décadas de abandono, el siglo XXI ha vuelto a poner de relieve los abundantes recursos del continente. En 2009, China superó a Estados Unidos como principal socio comercial de África, según la China Africa Research Initiative. La pregunta es si los países africanos han logrado evitar el destino de El Salvador y comenzado a disminuir su dependencia de los recursos naturales. Datos del Banco Mundial de 2009 a 2018 muestran que los países ricos en petróleo como Nigeria y Angola apenas han diversificado sus economías más allá de las exportaciones de combustibles fósiles.

Después de que los españoles fueran expulsados de América Latina, el ministro de Asuntos Exteriores británico George Canning pronunció unas palabras hoy célebres: “La América española es libre; si no gestionamos mal nuestros negocios, será inglesa”. Sin embargo, no lo dijo en un sentido literal. Dado que El Salvador nunca formó parte de manera oficial del imperio británico, los empresarios no se sintieron obligados a contribuir al desarrollo de una clase media o de una red industrial más sostenible.

De la misma manera, mientras que China pregona sus inversiones en escuelas, universidades y las tan necesarias infraestructuras en África, la República Popular no se ocupa directamente de que la riqueza que está ayudando a crear llegue a la gente común.

Los empresarios británicos como James Hill no navegaron hasta América Latina en nombre del “oro, Dios y gloria”, como lo hicieron los españoles. En cambio, como escribe Sedgewick, trajeron los conceptos de precios, salarios y beneficios. Muchas de las inversiones de China en África revisten un carácter igualmente comercial: el objetivo es un suministro fiable de recursos naturales. Pero si no se insiste en serio en el desarrollo de un tejido industrial y de otros sectores, muchos países corren el riesgo de caer, o de quedar atrapados para siempre, en una dependencia malsana de los recursos naturales. Eso es lo que hace de “Coffeeland” un cuento con moraleja.

En Twitter twitter.com/olivertaslic

(El autor es columnista de Reuters Breakingviews. Las opiniones expresadas son suyas.)

Editado por Peter Thal Larsen y Karen Kwok; traducido por Darío Fernández en la redacción de Gdansk

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