May 28, 2020 / 1:58 PM / 2 months ago

REPORTAJE-La carta de amor de una enfermera a Nueva York en la pandemia

NEOSHO, Missouri, 28 may (Reuters) - La pandemia de COVID-19 ha restringido casi todas las libertades en Estados Unidos, pero para Meghan Lindsey ha hecho lo contrario. Nunca se ha sentido más libre.

Meghan Lindsey posa para un retrato en el barrio de Brooklyn de Nueva York, EEUU, el 4 de mayo de 2020. REUTERS/Shannon Stapleton

Viajar a la ciudad de Nueva York a los 33 años para trabajar como enfermera en una unidad de COVID-19 supuso la primera vez que Meghan, casada y madre de dos hijos, salió del suroeste de Missouri.

“Fue mi primera vez en un avión”, dice esta trabajadora sanitaria, que cuenta que llegó a trabajar en turnos de 12 horas en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Winthrop de la Universidad de Nueva York.

“Al volar a Nueva York fue la primera vez que vi el océano”.

Hay muchas historias sobre muertes solitarias por coronavirus en los hospitales de la ciudad y trabajo traumático de enfermeras que los atienden.

La historia de Meghan trata de oportunidades inesperadas. Es un relato de cómo la pandemia le dio a una mujer la oportunidad de salir al mundo, enfrentarse al peligro y tener un impacto positivo, y sobre cómo su esposo se quedó en casa para cuidar a sus hijas. Es una historia sobre nuevos comienzos.

“Siempre quise hacer algo por mi país”, dijo Meghan. “Esta fue una oportunidad única en la vida de hacer algo significativo”.

Los primeros turnos de enfermería de Meghan en Nueva York fueron impactantes.

Hay muchos enfermos en Missouri con enfermedades crónicas como la diabetes, en los que el avance de las patologías es lento y los deterioros son conocidos por los profesionales sanitarios.

Por contra, a los pacientes de COVID-19 los apabulla un virus que pone sus vidas patas arriba y en muchos casos acaba con ellos.

“Una de mis pacientes tenía los dedos de los pies arreglados y aún llevaba las joyas puestas”, dijo Meghan.

Debido a que eran pacientes de coronavirus y se prohíben las visitas, era Meghan quien les sostenía las manos mientras morían.

“Cuando conoces a una familia en FaceTime y los oyes llorar y sollozar, te enteras de sus bonitos apodos y comienzas a conocerlos, se convierte en una historia muy personal”, dijo Meghan. “Te cuesta distanciarte y no llorar por ellos también”.

A pesar de todas las muertes, el tiempo que Meghan pasó en los pabellones COVID-19 de la ciudad de Nueva York fue inesperadamente enriquecedor. La pandemia le dio a Meghan algo que su vida en Missouri hasta ahora no tenía: una sensación de que todo encajaba en su lugar.

Cuando Meghan se graduó en la escuela de enfermería, no fue como ella imaginaba. Resultó ser un trabajo, sin más. Era deprimente.

“Ahora, por una vez, es algo realmente importante”, dijo Meghan. “Esta es la primera vez desde que me convertí en enfermera en que siento, ‘Sí, este es el motivo’. Puedo hacer algo importante, puedo ayudar, y soy lo suficientemente fuerte para ello.”

Sus hijos, dice, están orgullosos. “Saben que lo que hago es difícil y que pongo mi vida en peligro.”

Meghan es de un pequeño pueblo de Missouri. La mayoría de los domingos va a la iglesia. Su madre era directiva en Walmart y su padre trabajaba en la construcción. Antes de perder su trabajo por la pandemia, su marido Aaron vendía sistemas de extinción de incendios a pequeños negocios.

Meghan es la primera de su familia en terminar la universidad y ha mantenido unida a su familia durante mucho tiempo. Pero por muy emocionante que fuera estar en Nueva York, también fue duro.

Meghan a menudo se preguntaba si debía volver a casa. Su marido Aaron le dijo que no. Él y las niñas estaban bien, lo que ella hacía era importante y él estaba orgulloso de ella. A veces la llamaba “superwoman”.

“Si no fuera tan buen padre y estuviera ahí para mis hijas, nunca podría hacer esto”, dice Meghan. Él también merece reconocimiento, dijo ella, “pero supongo que se podría decir que el protagonismo recae sobre mí”.

Ser enfermera desplazada por el coronavirus no es glamuroso. Meghan tenía que usar equipo de protección individual durante sus turnos y había un largo proceso de descontaminación cuando llegaba a casa cada noche. Vivía en una habitación de hotel con otra enfermera y tenía que buscar una lavandería cada pocos días para lavar sus uniformes.

Sin embargo, a veces sentía que era una gran aventura. Vio la Estatua de la Libertad. Escuchó a alguien hablando en ruso. Aprendió a doblar un trozo de pizza.

Los restaurantes a veces le daban comida gratis a ella y a sus amigos “porque somos enfermeras”, dice con un poco de asombro. Se sacó un selfie tras otro en medio de las calles vacías de la ciudad de Nueva York y ningún taxista tocaba el claxon.

Su marido Aaron dice que a veces estaba un poco celoso (es Nueva York), a veces preocupado (otra vez, Nueva York), pero sobre todo estaba muy orgulloso. “Meghan no había visto mundo”, dice. Lo ha hecho por la puerta grande.

Meghan Lindsey posa dentro del vestíbulo del Hospital Winthrop de la Universidad de Nueva York, EEUU, el 14 de mayo de 2020. REUTERS/Shannon Stapleton

Ahora, al final de su contrato, Meghan no está segura de lo que le depara el futuro.

Está de vuelta en un pequeño pueblo del Medio Oeste. Ya no tiene un trabajo y está saliendo del mejor momento de su vida. A veces se pregunta, ¿tendré ganas de volver a esta vida?

Algo de Nueva York le llama la atención: la gente de allí tiene la ambición de hacer algo con su vida.

Información de Shannon Stapleton y Clare Baldwin; editado por Kieran Murray y Lisa Shumaker; traducido por Tomás Cobos

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