March 27, 2017 / 4:47 PM / 2 years ago

La Ciudad de las Mujeres colombiana reconstruye hogares y esperanzas

TURBACO, Colombia (Thomson Reuters Foundation) - Cuando los combates en Colombia la forzaron a abandonar su granja, Everlides Almanza acabó en un suburbio cercano a la ciudad costera de Cartagena, donde con tan solo unas lonas para refugiarse soñaba con un nuevo hogar.

Cuando los combates en Colombia la forzaron a abandonar su granja, Everlides Almanza acabó en un suburbio cercano a la ciudad costera de Cartagena, donde con tan solo unas lonas para refugiarse soñaba con un nuevo hogar. En la imagen, de izquierda a derecha, Maritza Marimón, Everlides Almanza y Ana Luz Ortega, miembros de la Liga de Mujeres Desplazadas que construyeron la Ciudad de las Mujeres, durante una reunión en el centro comunitario en Turbaco, cerca de Cartagena, norte de Colombia, el 13 de febrero de 2017. Thomson Reuters Foundation/Anastasia Moloney

Fantaseaba entonces con un edificio de ladrillo de techo robusto y porche azulejado, pero nunca imaginó que iba a ser ella misma la que lo construiría.

Tras llegar aquella zona marginal en 1992, Almanza y decenas de otras familias sin recursos desarraigadas por el conflicto conocieron a la abogada de derechos humanos Patricia Guerrero, quien les ayudó a organizarse como grupo.

La Liga de Mujeres Desplazadas -muchas de ellas madres solteras y viudas de guerra- se pusieron manos a la obra para construir un nuevo vecindario de 102 casas en la antes inhóspita zona de matorrales de Turbaco, una localidad cercana a Cartagena.

Aquel lugar se empezó a ser conocido como la Ciudad de las Mujeres.

“Aprendimos a construir, a hacer bloques, a preparar una mezcla”, contó Almanza, sentada en una mecedora bajo la sombra de un árbol de mango, a la Thomson Reuters Foundation.

“Y hubo que pelear. Nos decían que nosotras no éramos capaces de trabajar”, dijo esta mujer de 60 años.

Desde que se terminó la primera casa, en 2004, este vecindario de casas pintadas vivamente con fachas verdes y rosas y calles surcadas por filas de árboles ha sido citado como ejemplo de reconstrucción que otras comunidades que salen de un conflicto podrían emular.

Si bien hay hombres que viven en la Ciudad de las Mujeres, son ellas las que están al mando, gracias a que las escrituras de propiedad están a su nombre.

“Son las mujeres las que mandan aquí”, dijo Maritza Marimón, otra responsable de esta liga. “Fue una lucha con uñas y dientes para construir nuestras casas. Aquí los hombres no tienen nada que decir ... esto es de nosotras las mujeres”.

DERECHOS RESTITUIDOS

Un acuerdo de paz firmado en diciembre entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) ha dado alas a las esperanzas de que los 7 millones de colombianos desplazados por la guerra puedan volver a casa o echar raíces permanentes.

A pesar de ello, aproximadamente la mitad de todas las personas desplazadas vive en las ciudades, a menudo en refugios improvisados en arrabales en laderas montañosas, sin propiedad alguna sobre la tierra y sin agua corriente.

Cómo Colombia garantice que su población desplazada tiene acceso a la vivienda es una cuestión clave para cimentar una paz duradera y reconstruir sus vidas, argumentan los analistas políticos.

Para muchos, la Ciudad de las Mujeres -cuyas residentes unieron fuerzas para construir casas conjuntamente y solicitar las escrituras- podría sentar un modelo a seguir.

En la década de los noventa, cuando las mujeres vivían en los suburbios de Cartagena, Guerrero prometió ayudar a que las mujeres se liberasen a sí mismas de las garras de la pobreza.

Al preguntarles por su necesidad más urgente, la mayoría respondieron que querían una casa que pudieran considerar propia.

“Con la vivienda, sus derechos son restituidos”, dijo Guerrero, que fundó la Liga de Mujeres Desplazadas.

Guerrero finalmente aseguró la financiación -en su mayoría procedente de una ayuda de 500.000 dólares de la Agencia para el Desarrollo Internacional estadounidense- para comprar unos terrenos donde se construiría la Ciudad de las Mujeres.

No obstante, cuando las mujeres intentaron levantarla, se encontraron de frente con la violencia.

Bandas criminales vinculadas con la droga enviaron amenazas de muerte a la liga, uno de los centros comunitarios construidos por las mujeres fue incendiado y reducido a cenizas, y el marido de una de las mujeres fue asesinado.

UNIDAS

A pesar de tales sacrificios, las mujeres dicen que su lucha valió la pena.

“Nadie puede quitarme esto. Nadie puede sacarme de mi propia casa”, dijo Ana Luz Ortega, de pie en el porche de su casa de muros fucsia, en la que vive con su marido y sus hijos.

“He visto muchos casos en los que los maridos abandonaban a sus mujeres e hijos en la calle para irse con otra mujer que se va a vivir a la casa”, añadió.

Como en otros países de América Latina, los derechos de propiedad en Colombia son desiguales entre hombres y mujeres. Las viudas lo tienen especialmente difícil para heredar de sus maridos, pues la tierra a menudo pasa a los hijos varones o a la familia del marido.

Ahora los títulos de propiedad han dado mayor control y poder de decisión financiero a las mujeres sobre sus casas, y son cruciales para acceder a préstamos bancarios seguros.

“Para mí era muy importante que las mujeres tuvieran sus nombres en el registro de la propiedad ...  Esto da un sentido de la libertad, de la autoestima”, dijo Guerrero.

Desde que se construyó, la Ciudad de las Mujeres ha llevado a la creación de una sólida red de activistas que continúan luchando por otros derechos.

“Estas mujeres son guerreras”, dijo José Enrique Zafra, que vive en la Ciudad de las Mujeres. “Están unidas, luchan por lo que conviene mejor a su comunidad”.

A lo largo de los años, las mujeres han hecho presión con éxito a las autoridades gubernamentales para dar servicios a la Ciudad de las Mujeres, incluyendo agua corriente y un colegio local.

Ahora la liga pide rutas de autobús que lleguen al vecindario de noche, iluminación en las calles y un colegio al que puedan acudir los menores de hasta 18 años.

Para Ortega, que creció en el mundo rural, en el que de la mujer se espera que se quede en casa y cuide de los niños, unirse a la liga fue un despertar.

“Antes de la liga, ni siquiera sabía que yo tenía derechos como una muje ... que como mujer tengo derecho a elegir lo que yo quiero y ser respetada”, confesó.

“Antes yo era una sometida. Ahora me siento como una mujer liberada”.

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