June 13, 2013 / 5:33 AM / 5 years ago

Brasil pierde brillo en víspera de los tres grandes torneos deportivos

RIO DE JANEIRO, Brasil (Reuters) - A nadie que no sea un amante del fútbol se le puede echar la culpa por no saber, o no importarle, qué es la Copa Confederaciones, el torneo de dos semana que arranca el sábado en Brasil.

A nadie que no sea un amante del fútbol se le puede echar la culpa por no saber, o no importarle, qué es la Copa Confederaciones, el torneo de dos semana que arranca el sábado en Brasil. Imagen del 7 de junio de un atasco en hora punta ante el estadio de Maracana de Rio de Janeiro, una de las sedes de la Copa Confederaciones. REUTERS/Ricardo Moraes

Pero para casi 200 millones de brasileños, la competición será el primero de una serie de grandes torneos que dirán mucho acerca de su país, sus ambiciones primermundistas y la capacidad de su Gobierno de cumplir su promesa de presentar un Brasil transformado en medio de la disminución de la confianza en la mayor economía de América Latina.

La Copa Confederaciones, un torneo entre ocho selecciones, servirá además de ensayo general para dos espectáculos mucho más grandes: el Mundial 2014 y los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016.

Cuando ganó el derecho a organizarlos, Brasil estaba en un racha imbatible. Y las competiciones exhibirían un país que durante la primera década del siglo canalizó sus altos ingresos por exportaciones, el aumento del consumo interno y sus ambiciosos programas sociales hacia un crecimiento económico que sacó a más de 30 millones de personas de la pobreza.

Pero ahora, a la hora del espectáculo, Brasil ha perdido su brillo.

El estancamiento de la economía, la elevada inflación y la escalada en los crímenes violentos que se suponía disminuirían con la prosperidad están reavivando los viejos cuestionamientos sobre cuánto ha avanzado realmente Brasil en el difícil camino de nación emergente a desarrollada.

En vísperas del inicio de la Copa Confederaciones, en seis de las 12 ciudades que serán las anfitrionas del Mundial, muchos brasileños temen que lo que los visitantes verán no tendrá nada que ver con un país en pleno auge.

“Hemos estado comiendo mortadela y eructando caviar”, dice Juca Kfouri, un prominente comentarista y escritor de deportes, echando mano a una expresión local para cuando las pretensiones sobrepasan a la realidad. “Los eventos se nos vinieron encima y es el mismo viejo Brasil”.

Pero el Gobierno afirma que los amantes del deporte pueden estar tranquilos.

Después de todo, los pesimistas predicen desastres antes de cualquier gran evento deportivo, sea en Brasil o en los países más ricos del mundo. Protestan por todo: desde las mascotas olímpicas hasta el diseño de la pelota del Mundial. Y aún así el espectáculo, invariablemente, sigue adelante.

“No tenemos ningún miedo de no estar listos”, dijo esta semana Aldo Rebelo, el ministro de Deportes de Brasil, sobre la culminación de las obras de los estadios para el Mundial antes del plazo límite de diciembre y la ampliación de los colapsados aeropuertos para recibir a los visitantes.

OPORTUNIDAD PERDIDA

Pero algunos críticos están indignados por los excesos en los costes, el retrasos en las construcciones, la aparente falta de transparencia y la rápida escalada en los precios de las entradas para los partidos y las actividades del turismo vinculado a los torneos.

Las obras en el Maracanã, el estadio en Río de Janeiro que durante medio siglo fue uno de los templos del fútbol mundial, se retrasaron tanto que los partidos de la Copa Confederaciones se jugarán con los exteriores y gran parte del área circundante aún en construcción.

Y también está la cuestionable utilidad de construir nuevos estadios en ciudades remotas, como al centro agrícola de Cuiaba y la capital del estado de Amazonas, de Manaos, que no tienen equipos de fútbol de primera división ni forman parte del circuito de conciertos y parecen condenados a terminar siendo elefantes blancos.

En un informe reciente, el Tribunal Federal de Cuentas, el ente encargado de fiscalizar el gasto público, calculó que los costes del Mundial ya han excedido el presupuesto inicial de 24.000 millones de reales (unos 8.400 millones de euros) en al menos un 15 por ciento.

Los organizadores de los Juegos Olímpicos, que tendrán lugar en Río de Janeiro y en zonas aledañas, ni siquiera han revelado un presupuesto oficial, aunque reconocieron que costará mucho más que los 29.000 millones de reales calculados cuando la ciudad se presentó como candidata.

Lo que irrita a muchas personas es que pese a sus ambiciones iniciales, Brasil terminó renunciado a muchos de los grandiosos diseños que había propuesto para los eventos: desde un tren bala entre São Paulo y Río de Janeiro hasta sistemas de tránsito rápido en ciudades más pequeñas.

Romario, ex goleador estrella que ganó el Mundial 1994 con Brasil y que ahora es diputado en el Congreso, ha criticado el despilfarro de tiempo y recursos.

“Los brasileños se decepcionarán de haber perdido otra buena oportunidad de hacer de este un mejor país para vivir”, dijo recientemente.

CONFIANZA SOCAVADA

La evaluación en medio de una ola de malas noticias ha socavado la confianza que Brasil tenía hace apenas unos años.

Después de crecer un 7,5 por ciento en 2010, la economía de Brasil se expandió apenas un 0,9 por ciento el año pasado. Y el empeoramiento de los pronósticos para 2013, sumado a una inflación en ascenso y al deterioro de las finanzas públicas, llevó la semana pasada a la agencia Standard & Poor’s a advertir que podría rebajar la calificación de la deuda de Brasil.

Esas preocupaciones han erosionado la alta popularidad de la presidenta Dilma Rousseff. Y una serie de violaciones y asaltos en Río de Janeiro y São Paulo, donde los delitos violentos se dispararon más de un 10 por ciento en los últimos tres años, hacen que la gente se pregunte si la seguridad también está deteriorándose.

Aún así, Brasil pondrá su mejor cara para recibir a los visitantes.

El Gobierno lanzó recientemente una campaña de publicidad que pide a los brasileños exhibir su diversidad, creatividad y hospitalidad y “mostrar lo que significa ser brasileño”.

Globo, la principal cadena de televisión, ha exhibido una serie de reportajes ilustrando los problemas que los extranjeros afrontan al llegar a Brasil: desde señales confusas en los aeropuertos hasta encontrar brasileños que hablen otros idiomas y el acoso de los agresivos vendedores ambulantes que colman las principales atracciones turísticas.

Y mientas despliega la alfombra de bienvenida, algunos temen que Brasil esté también dando un portazo para sus ciudadanos.

La alta demanda de cuartos de hotel y pasajes aéreos implica que muchos brasileños no podrán viajar durante los eventos. Y la necesidad de recuperar las costosas inversiones en los estadios encarecerá los precios de las entradas, que estarán fuera del alcance del bolsillo de muchos aficionados brasileños.

Tras la reinauguración del Maracanã a comienzos de este mes, muchos frecuentadores del estadio notaron que el público era más homogéneo, blanco y aburrido en comparación con la animada “torcida” del pasado.

Tostão, un legendario delantero y hoy columnista del diario Folha de S. Paulo, lamentó después del partido “la elitización del fútbol en todo Brasil”.

/Por Paulo Prada/

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