28 de mayo de 2014 / 11:21 / hace 3 años

La red familiar del sur de Europa, en riesgo a largo plazo

MADRID/MILÁN (Reuters) - Cuando Ángel Gómez y María Luisa Fernández se jubilaron hace una década, imaginaban que gastarían gran parte de su pensión en comer en restaurantes, viajar y comprar juguetes para sus nietos. En la actualidad, el dinero de su jubilación ayuda a sobrevivir a cinco familias.

Luisa Fernández Medarde, de 81 años, y su marido Ángel Gómez Gamallo, de 79, comen en su casa con uno de sus cuatro hijos en Madrid el 29 de abril de 2014. Cuando se jubilaron hace una década, imaginaban que gastarían gran parte de su pensión en comer en restaurantes, viajar y comprar juguetes para sus nietos. En la actualidad, el dinero de su jubilación ayuda a sobrevivir a cinco familias. REUTERS/Susana Vera

Esta pareja de españoles, como otros pensionistas relativamente prósperos del sur de Europa, están proporcionando una red de seguridad que ha permitido que muchas personas de la generación más joven escapen a la pobreza pese a que el desempleo se encuentra en los niveles más altos de la historia española.

“Nunca pensé que tendría que ayudar a mis hijos con parte de mi pensión”, dice Ángel, de 79 años, que trabajó 35 años de administrativo en el Banco de España. “Estoy orgulloso de ello pero me preocupa un poco por ellos”.

En gran parte del sur de Europa, las pensiones han sido la fuente más estable de ingresos durante los últimos cinco años de dificultades económicas. En España, aumentaron un 8,3 por ciento entre 2008 y 2012, según las estadísticas. Por contra, los ingresos de las personas entre los 30 y los 44 años -el mayor grupo de población activa- cayó un 2,8 por ciento por la pérdida de empleos y los recortes salariales.

Ángel y su esposa son pensionistas típicos. Su pensión mensual combinada de 3.600 euros es casi el doble de la media de ingresos de los hogares españoles, que se encuentra en unos 2.050 euros. Esa cantidad está bastando para sostener a sus cuatro hijos, de mediana edad, y sus familias.

Mientras que la pareja cuenta con unos ingresos estables, sus hijos viven inmersos en una inseguridad muy común entre la generación más joven, incluso para ellos que tienen trabajo.

Su hijo David, de 40 años, tiene miedo a perder su trabajo de profesor de teclado cuando su escuela pública de música pase a manos privadas este año. Su esposa Raquel, de 39 años, tiene que reducir el número de horas que trabaja como administrativa porque la empresa que le da trabajo, el grupo español de infraestructuras y construcción FCC, está recortando gastos para reducir su deuda.

La pareja de jubilados ayuda en todo lo que puede desde su pequeño pero acogedor piso en Villaverde -un barrio obrero en el sur de Madrid-, que apenas ha cambiado desde que lo compraron a mediados de los sesenta.

Recostado en su sofá marrón de terciopelo, Ángel recorta vales de descuento para supermercados. Los vales, dinero para gasolina, alquiler y cuidado de los nietos son parte de la ayuda que junto con su mujer María, de 80 años, ofrecen a sus hijos cada mes.

Los jubilados representan el 17 por ciento de los hogares españoles pero financian a un porcentaje equivalente al doble de familias. Italia es parecida: los ingresos de los pensionistas aumentaron un 4,6 por ciento entre 2008 y 2012, mientras que los de los trabajadores con contratos a largo plazo - el principal tipo de empleo - cayeron en el mismo porcentaje. Cuatro de cada diez italianos recibió ayuda financiera de sus padres el año pasado, según un estudio de la asociación agrícola Coldiretti.

En España, más de uno de cada cuatro personas en edad de trabajar está en paro, y la tasa entre los menores de 25 años que tampoco estudian se encuentra en el 55 por ciento.

Este desfase de ingresos entre mayores y jóvenes apunta a un problema crónico agravado por la crisis: cómo reequilibrar los sistemas de bienestar europeos para hacer que sean sostenibles y justos en términos sociales.

Un ejemplo: aunque el gasto del Estado español en pensiones aumentó un 18,2 por ciento en 2008-2012, el de educación y sanidad cayó un 8,1 y un 0,1 por ciento respectivamente. Este año, el dinero para centros escolares, hospitales e investigaciones con fondos públicos va a caer todavía más mientras aumenta el coste de las pensiones.

La riqueza de los pensionistas en comparación con sus hijos y nietos ha creado una dependencia que puede afectar a la generación que ahora se encuentra entre los 30 y los 40 años durante el resto de sus vidas.

“Estamos frente a una bomba de relojería generacional”, dice Alessandro Gentile, doctor en sociología en la Universidad de Zaragoza.

Debido a que los jóvenes de hoy en día tienen más posibilidades que antes de quedarse en el paro o tener un trabajo muy precario, sus pensiones serán más bajas. Esto quiere decir que al final no tendrán la capacidad de sostener a sus hijos financieramente. En ese momento, el modelo de la solidaridad familiar entrará en “cortocircuito”.

PODER ELECTORAL

No es sencillo cambiar de un día para otro los sistemas de pensiones, el mayor apartado del gasto en prestaciones sociales en casi toda Europa.

Muchos gobiernos comenzaron a retocar sus deficitarios sistemas de pensiones hace una década y la edad de jubilación ha subido para recoger el aumento en la esperanza de vida. En España, por ejemplo, la gente se jubilará a los 67 años en 2027 en comparación con los 65 de este año.

Asimismo, en muchos países europeos se han introducido fórmulas de capitalización individual para contribuir al pago de las pensiones, en contraposición a los sistemas de reparto en los que los trabajadores en activo financian con sus cotizaciones las prestaciones públicas de los jubilados. Los gobiernos afirman que esto hace que el sistema sea más sólido financieramente.

Sin embargo, en la mayoría de los casos las reformas no surtirán efecto hasta 2030 o incluso después. Ante el enorme poder electoral de los pensionistas, los políticos se resisten a acelerar los cambios.

Grecia es el único país que ha tomado medidas drásticas, obligada a recortar las pensiones en un 30 por ciento entre 2009 y 2013 como condición a su rescate internacional.

La crisis económica también ha socavado las reformas iniciadas en los noventa; con tanta gente en paro, no hay suficientes trabajadores bien pagados que contribuyan al sistema para financiar sus necesidades.

“No es sostenible con este nivel de empleo, con este tipo de empleo y con estos salarios tan bajos”, dice José Carlos Díez, profesor de economía en la universidad de Icade, en Madrid.

Por ejemplo, el paro español es del 25,9 por ciento mientras que alrededor de 5 millones de personas -en torno a un 30 por ciento de la población ocupada- tiene empleos a corto plazo o de jornada reducida, por lo que sus contribuciones al sistema de pensiones es limitada.

Según el instituto europeo de estadísticas, Eurostat, los mayores de 65 años supondrán el 31,6 por ciento de la población en 2050 - por encima del 17 por ciento de hoy -, mientras que el número de personas entre los 25 y los 64 años caerá al 34,8 por ciento desde el 44,9 por ciento.

Como resultado, habrá 1,1 trabajadores por cada pensionista en España, mucho menos que los 1,8 trabajadores actuales. Esto probablemente se traduzca en números rojos para la Seguridad Social, que registró un déficit de 11.800 millones de euros el año pasado.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, está tratando de frenar la sangría, financiando las pensiones con 16.000 millones procedentes del Fondo de Reserva. Pero el dinero se habrá agotado en 2020 si no hay cambios.

CONEJO CON PATATAS

Las generaciones mayores en España, Italia y Grecia cuidan de sus nietos y es habitual que los hijos acojan a sus padres en sus hogares. Pero no todos los pensionistas pueden ayudar en las finanzas sin sufrir penurias ellos mismos.

Un pensionista, llamado Ángel, sostiene tres hogares con los 1.600 euros que recibe al mes tras 40 años trabajando en fábricas de coches en Alemania y España. Paga casi 1.000 euros al mes en dos hipotecas distintas para su hija e hijo, que tiene dos títulos universitarios pero no encuentra empleo.

“La cosa se esta volviendo complicada”, dice Ángel, de 68 años, que no quiso que se publicaran sus apellidos para evitar que amigos y conocidos conozcan la situación de la familia.

Su esposa y él comen ahora con frecuencia los platos frugales habituales en los duros años de hambre tras la guerra civil española.

“Hemos vuelto al conejo con patatas”, dice.

El colchón familiar del sur de Europa ha compensado también el bajo gasto público en otras prestaciones, como las ayudas al paro o al cuidado de los ancianos y los niños. En porcentaje del PIB, Italia, España y Grecia gastan menos en estos servicios que los del norte de Europa, según la OCDE.

Cuando Renato Ghidoni, de 40 años, perdió su empleo en una pequeña compañía italiana de asfalto cerca de Milán el año pasado, su familia sobrevivió con prestaciones al paro durante ocho meses.

Cuando el subsidio se acabó, Ghidoni, su esposa, Angela, que está en paro, y sus tres hijos se mudaron con sus padres ancianos. Comparten el piso de arriba de la casa donde Angela creció con su tío abuelo de 90 años, mientras sus padres -los dos jubilados- viven debajo. Gracias al cambio, la familia puede ahorrar unos 800 euros al mes en alquiler y gastos, además de economizar en comida y otros gastos diarios.

“A los niños les encanta. Hemos tenido que adaptarnos, pero dadas las circunstancias, damos gracias”, dijo Angela.

El economista José Antonio Herce dice que tras años de austeridad, los gobiernos del sur de Europa se verán tentados a dar más dinero a los ciudadanos recortando impuestos. Pero cree que se debería gastar más en prestaciones para la población activa, como cursos de formación que ayuden a gente como Ghidoni a encontrar nuevos y mejores empleos.

“Tendríamos que aprovechar cualquier bolsa de crecimiento para reconciliarse con los mas desfavorecidos y reducir las desigualdades que la crisis ha generado”, dice Herce, doctor en economía en la Universidad Complutense de Madrid y socio de AFI (Analistas Financieros Internacionales).

Solo el trabajo bien pagado ofrece una solución a largo plazo para la generación más joven no se tenga que enfrentar al inevitable fin de la financiación del Banco de Mamá y Papá.

En Villaverde, Ángel Gómez dice que él y su esposa están dispuestos a ayudar pero le preocupa que sus hijos, con frágiles situaciones laborales, no vayan a recibir una pensión tan alta como la suya.

“No tiene pinta de ir a mejor”, dice. “La situación ha cambiado tanto que no sé si mis hijos tendrán lo que tengo”, añadió.

0 : 0
  • narrow-browser-and-phone
  • medium-browser-and-portrait-tablet
  • landscape-tablet
  • medium-wide-browser
  • wide-browser-and-larger
  • medium-browser-and-landscape-tablet
  • medium-wide-browser-and-larger
  • above-phone
  • portrait-tablet-and-above
  • above-portrait-tablet
  • landscape-tablet-and-above
  • landscape-tablet-and-medium-wide-browser
  • portrait-tablet-and-below
  • landscape-tablet-and-below