29 de julio de 2014 / 18:39 / en 3 años

ENFOQUE-Cansados argentinos se preparan para un nuevo impago

Por Eliana Raszewski y Richard Lough

BUENOS AIRES, 29 jul (Reuters) - El empresario Norberto García estaba a punto de lanzar una nueva serie de juguetes este año tras haber trabajado duramente durante la década pasada para reconstruir su negocio tras la crisis argentina de 2001-2002 y su monumental impago.

Pero, al final, decidió protegerse de un posible segundo cese de pagos del país recortando sus planes de inversión y sus objetivos.

"Había planes para lanzar nuevos productos, de 11 vamos a sacar tres", dijo a Reuters García, de 70 años, dentro de un enorme depósito repleto de cajas de muñecas, pelotas y conejos de goma

"El dinero tiene que quedar por si baja el consumo", agregó.

En vez de destinar 2,8 millones de pesos (255.000 euros) a la expansión de líneas de producción, el empresario planea invertir 1,8 millones de pesos.

La actitud precavida de García es típica entre los empresarios en Argentina, que prevén una desaceleración de sus ventas en un país que lucha contra una alta inflación, pese a que están convencidos de que la crisis económica será moderada.

Aunque causa inquietud, la actual crisis de deuda está muy lejos de poder provocar la debacle económica que desencadenó el impago de 100.000 millones de dólares (74.500 millones de euros) de 2002.

García es optimista y cree que las cosas, al final, mejorarán.

"Lo de 2001 fue devastador. Vivimos 2002 con una angustia terrible, no se sabía qué hacer, a dónde ir", dijo el empresario, cuya compañía Turby Toy tuvo que desprenderse de maquinarias, despedir personal y vender propiedades para sobrevivir hasta que amainara la tormenta.

En un acto desesperado para frenar una masiva caída bancaria y el colapso del sistema financiero, las autoridades congelaron en ese momento primero las cuentas bancarias y meses después devaluaron el peso. Casi 30 personas murieron en las calles a finales de 2001 por un estallido social que hizo desfilar por el Gobierno a cinco presidentes en 10 días.

El cese de pagos, que supuso un récord mundial, afectó a los mercados de capitales internacionales y provocó que millones de argentinos perdieran sus empleos en medio del colapso de la economía.

García dijo que estuvo tres días tirado en la cama, abatido, hasta que su esposa lo sacó "por los pelos" y lo mandó a trabajar.

"Lo que perdimos en pesos es inconmensurable. Lo que perdimos fue la ilusión", resaltó.

OPCIONES LIMITADAS

El tiempo se está acabando para que Argentina pague a sus acreedores "holdouts" - aquellos que no aceptaron la reestructuración de la deuda con una fuerte quita - que demandaron a la tercera economía latinoamericana para recuperar el valor de los bonos en cese de pagos desde hace más de una década, o gane más tiempo para evitar un nuevo cese de pagos.

Una delegación argentina se reunirá este martes en Nueva York para negociaciones de último minuto con un mediador judicial, pero los expertos creen que Argentina podría haber calculado que un impago es más conveniente que un acuerdo con los "holdouts".

Esto último, argumenta el país sudamericano, implicaría arriesgarse a recibir demandas de bonistas con títulos públicos reestructurados que podrían costarle miles de millones de dólares.

Cuánto daño puede causar un nuevo impago sobre la economía dependerá de lo rápido que Argentina pueda salir de esa situación.

"La posibilidad de un impago, la cotización del peso y la inflación son como una bomba de relojería", dijo Miguel Rizzo, director de una compañía que importa componentes para grandes empresas de servicios públicos.

Pero el ejecutivo afirmó que había pocas cosas que hacer para reducir el riesgo. Rizzo está acumulando toda la mercancía que puede, especialmente cables, a modo de seguro contra una potencial devaluación del peso.

Las restricciones a las importaciones, sin embargo, están limitando la cantidad de componentes que puede entrar en el país y un control del cambio hace más difícil adquirir dólares para compensar el riesgo de devaluación.

La amenaza de un cese de pagos combinado con la debilidad del peso está aumentando los temores entre los proveedores internacionales de empresas argentinas, que temen que se rompa la cadena de pagos. Por eso están imponiendo duras condiciones para vender mercancía a las empresas del país.

La presidenta Cristina Fernández suele calificar a los fondos que demandaron a Argentina como "buitres".

La mandataria no ha mostrado en público que esté dispuesta a ofrecer a los "holdouts" mejores condiciones que al casi 93 por ciento de los acreedores de Argentina, que reestructuraron su deuda en el impago en 2005 y 2010 a cambio de fuertes quitas.

Si Argentina cae en cese de pagos este jueves será por una cuestión de principios. Esta vez, el Gobierno tiene recursos para llegar a un acuerdo con los "holdouts".

Esa no fue la situación en 2001-2002. Durante semanas, manifestantes se enfrentaron diariamente a las fuerzas de seguridad y convirtieron a la zona comercial y financiera de Buenos Aires en un campo de batalla, con la policía disparando balas de goma.

Los bancos se cubrieron con paneles de metal para protegerlos de ahorradores desesperados por rescatar su dinero. El presidente Fernando de la Rúa renunció a finales de diciembre de 2001 y abandonó la casa de Gobierno en un helicóptero para escapar de la multitud.

Tras el impago, un nuevo Gobierno devaluó el peso y retuvo los dólares depositados en las cuentas bancarias, cambiándolos por pesos. Rizzo vio, desesperanzado, como los dólares que tenía su firma se evaporaron de la noche a la mañana.

"Perdimos casi todo", dijo.

SIN PÁNICO

Hoy, la única señal de protesta son unos pocos carteles en esquinas que muestran unos buitres sobre una bandera de Estados Unidos con leyendas como "Buitres versus Patria".

Por el contrario, la queja más escuchada es por el aumento de los precios al consumidor. Los argentinos, con mucha experiencia en toda clase de crisis, suelen decir que cada 10 años la economía del país se tambalea.

Una de las tasas de inflación más altas del mundo, alimentada por pobres niveles de inversión y un alto consumo doméstico, ha desgastado el poder adquisitivo de los argentinos.

Economistas privados estiman que la tasa de inflación podría alcanzar el 40 por ciento este año. Eso, más la amenaza del impago, está cambiando los hábitos de consumo.

"Reduje los gastos innecesarios", dijo Carlos Panero, un contable de 47 años. "No hago más viajes de fin de semana a la costa y compro más productos no perecederos".

Si bien algunos aprovechan ofertas en los supermercados y almacenan sus compras donde pueden, incluso en los maleteros de sus coches, no hay pánico. Tampoco hay indicios de quiebra bancaria.

Panero tuvo suerte en 2001. Su falta de confianza en los bancos le hizo esconder sus dólares en otros lugares, aferrándose a sus ahorros, lo que le permitió comprar un piso después de que los precios de las propiedades valorados en el billete verde cayesen fuertemente.

Como otros, Panero está resignado a que Argentina tenga arreglarse más tiempo sin acceso a los mercados de deuda mundiales si Fernández y los "holdouts" mantienen sus posiciones.

"Esto significará menos inversiones, menos puestos de trabajo, menos dólares que lleguen al país. Entonces el Gobierno va a ajustar más los controles de capitales y de importaciones", dijo Panero, que tiene dos hijos.

Aún así, hay señales de que Fernández pueda tener un rebote en su popularidad.

Una encuesta de Poliarquía Consultores publicada la semana pasada mostró que un 47 por ciento de los argentinos creían que la mandataria estaba llevando adelante la negociación con los acreedores de manera "positiva", comparada con un 38 por ciento un mes antes.

Sólo uno de cada cuatro consideraron que la crisis estaba siendo manejada de manera "negativa".

La retórica nacionalista de Fernández puede estar funcionando entre los argentinos que se benefician de los generosos subsidios del Gobierno y de los planes sociales.

La economía argentina se recuperó después de la crisis de 2002 gracias a las lucrativas exportaciones agrícolas y a la emisión de moneda, que ayudó a estimular el consumo doméstico. Pero la demanda de psicólogos también aumentó.

"El 2001 fue una situación traumática", dijo la psicóloga Cristina Gartland.

"Ahora la situación es diferente. La gente está más confiada porque ahora tiene trabajo, hay planes sociales para los más vulnerables y los trabajadores ganaron más derechos. En terapia los pacientes pueden hablar de la economía, pero se concentran más en sus vidas personales", describió. (Información de Richard Lough y Eliana Raszewski; Edición de la Mesa de Santiago de Chile y Teresa Medrano en Madrid)

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